El presidente Hugo Chávez es un gran revolucionario demócrata-nacionalista de Venezuela, América Latina y el mundo



<Y por eso tiene molestos a oligarquias latinoamericanas>

Ha realizado grandes aportes a su país y a la región. Con ocasión de
su enfermedad se han publicado numerosos escritos que resaltan su
liderazgo.

En este artículo intento ir un poco más allá. Trato de identificar al
líder con el proceso mismo, entendiendo que él es resultado de unas
condiciones específicas. Es “expresión viva” de las fuerzas sociales
que han insurgido a la vida política en esta parte del mundo. Es una
“maravilla de la vida” que un líder interprete de esa forma tan
apropiada a su pueblo.

Su principal acierto es haber impulsado con determinación y visión
estratégica la integración de los países sudamericanos que hoy sirve
de apoyo para la construcción de la Comunidad de Estados de
Latinoamérica y el Caribe. La conquista de la soberanía política y el
rescate de los recursos energéticos de su país fue su punto de apoyo y
de partida.

Petrosur, Petrocaribe, el ALBA, UNASUR, el Banco del Sur, Telesur y la
CELAC no existirían sin su iniciativa y empuje. No nos detenemos a
resaltar los demás aportes, que son valiosos y variados, que tienen
como eje su identificación con los humildes, los oprimidos y los
trabajadores, y su lucha por la independencia nacional, la democracia
y la justicia social. Él y su pueblo han alimentado la ola de
revoluciones democrático-populares que hoy avanzan en Sudamérica.

Pero también nos interesa identificar lo que podríamos denominar “los
errores de Chávez”. Antes de avanzar debo insistir en que no se trata
de juzgar ni descalificar a nadie. Nuestra meta es aprender. Es
posible que desde afuera de Venezuela sea más difícil ubicar los
problemas, dificultades y sobre todo lo que denomino “limitantes
estructurales”, pero debemos aceptar que el hecho de “estar adentro”
puede ser también una condición restrictiva para el análisis.

Limitantes, deficiencias y errores

Algunos dirán que es inoportuno hacer este tipo de análisis. Su estado
de salud acrecienta la solidaridad y la valoración de su papel. Se
siente la polarización y la pasión tanto a favor como en contra. Por
ello, trataremos el tema con extrema seriedad y precisamos los
términos.

Una tarea es destacada cuando quien la realiza identifica las
potencialidades de una situación dada y aprovecha al máximo las
oportunidades y ventajas que ofrece. Minimizar al máximo los
limitantes y debilidades existentes para superar los obstáculos y
neutralizar las amenazas, hace parte de ese arte. Es lo que dice la
cartilla.

Además, se deben hacer los máximos esfuerzos para ser conscientes de
las propias deficiencias (que en este caso no sólo son personales sino
colectivas, como dirigencia y como pueblos), tanto para tratar de
manejarlas como para diseñar – en medio de la acción – la forma para
superarlas gradualmente. Formación en medio del trabajo.

Los errores son propios de la acción. Siempre se presentarán. Son de
diversa naturaleza. Una “deficiencia” o “limitante” que siempre nos
acompañará es la visión reducida (cercana o relativa) de la realidad.
Se corrige en la medida en que estemos dispuestos a aprender. Si no
ajustamos, el error se agrandará y nos conducirá a la derrota.

Así tengamos una lectura correcta de la realidad, la equivocación se
presenta. Fallamos a la hora de diseñar la estrategia, en los métodos
escogidos, en la ejecución práctica, en la evaluación de los
resultados. Nos predisponemos al error cuando creemos ciegamente que
“todo va bien”. Una determinada y deficiente formación política e
ideológica hace parte fundamental de nuestras falencias y
equivocaciones.

El punto de partida

No me detendré en las limitaciones materiales de nuestras sociedades.
Están diagnosticadas. La dependencia de la exportación de materias
primas, el escaso desarrollo de las fuerzas productivas, la profunda
desigualdad y la inequidad social, la precariedad de unos Estados que
ocultan su esencia colonial con apariencia de “democracia
representativa”, entre otras, son parte de nuestras carencias
estructurales que son causadas por la dominación de poderes imperiales
que han contado desde siempre con la complicidad interesada de las
elites oligárquicas latinoamericanas.

Por otro lado están las deficiencias políticas de nuestros procesos de
cambio. No estamos ajenos a lo sucedido en el mundo de la revolución
política. La derrota histórica de la causa proletaria durante el siglo
XX no sólo ha acrecentado la confusión y la dispersión de las fuerzas
revolucionarias, socialistas y comunistas, sino que el desarrollo de
la teoría de la revolución se ha visto obstaculizado por la
permanencia de concepciones dogmáticas que aún predominan en las
organizaciones de izquierda existentes.

Sin embargo, a pesar de lo anterior, la vida empuja. Son de tal
naturaleza y potencialidad las necesidades sociales que – al
combinarse con los acumulados históricos, sociales y culturales tanto
de nuestros pueblos como de la humanidad – nos obligan a avanzar a
marchas forzadas, a aprender de los errores y acertar en determinadas
circunstancias. Así, de esa forma se desencadenan los procesos de
cambio que actualmente experimentamos en el mundo.

La sub-valoración de la Revolución Bolivariana

A partir de ésta introducción planteo la principal tesis que quiero
desarrollar:

Se observa en muchos análisis y prácticas políticas una marcada
tendencia a limitar el impacto de la revolución bolivariana a
Venezuela o al contexto del subcontinente. Se desconoce – a veces –
que este proceso es parte y resultado de la agudización de las
contradicciones sistémicas del capitalismo y al debilitamiento del
poder imperial estadounidense. Si no se ubica la revolución
bolivariana en ese contexto no se pueden entender sus
particularidades.

Los estrategas del imperio estadounidense sí valoran – al máximo – el
impacto que tiene a nivel mundial la revolución venezolana y el papel
del presidente Chávez. Son conscientes de la fragilidad del sistema
capitalista y de las debilidades de sus liderazgos. Saben que el
ejemplo cunde, que los triunfos estimulan a los pueblos y a los
trabajadores, y que “una chispa puede incendiar la pradera”. Derrotar
los procesos de cambio es su prioridad y única tarea.

La política de contención a la revolución bolivariana – cada vez más
elaborada y perfeccionada por Washington – tiene como principal
objetivo ahogar el proceso en sí mismo, “aislar el virus”, evitar la
metástasis de esa enfermedad contagiosa que se llama “rebelión
patriótica y nacionalista”. Cuentan con un vasto bagaje de
experiencias y han acumulado amplios conocimientos en la materia. No
sólo les preocupa la pérdida del control de la riqueza petrolífera de
Venezuela. Ese aspecto es manejable. El impacto político – incluso al
interior de sus propios países desarrollados – es lo que realmente los
intranquiliza.

Es por eso que diseñan y financian campañas elaboradas y sofisticadas
de infiltración, sabotaje, amenazas, provocaciones, operaciones
mediáticas y toda clase de planes y proyectos dirigidos a impedir el
avance de la revolución. Estudian al detalle las tendencias erróneas
para estimularlas y capitalizarlas. Así mismo, conocen nuestras
debilidades estructurales y juegan a mediano y largo plazo.

Es por esa razón que nosotros debemos esforzarnos por detectar esas
falencias. No lo hacemos para “auto-flagelarnos”, sino para ayudar a
corregir a tiempo y además aprender. Para aplicar sus enseñanzas en
nuestra propia práctica.

“Recorderis” de la política imperial de contención

La política imperial dirigida a debilitar, aislar y derrotar la
revolución venezolana ha pasado básicamente por tres etapas:

La primera etapa, desarrollada durante los primeros años hasta 2003
fue intentar derrocar por la fuerza al gobierno bolivariano apoyándose
directamente en las fuerzas oligárquicas reaccionarias. El golpe de
Estado de abril/2002, el paro petrolero (diciembre/02-febrero/03), los
intentos de dividir el bloque de poder revolucionario, los saboteos de
toda índole y la desaparición física de los dirigentes
revolucionarios, hacían parte de dicha estrategia.

Al no lograr sus objetivos pasaron a una segunda etapa. La tarea,
debilitar y aislar la influencia de la revolución bolivariana. Lo
hacen en coordinación con las fuerzas de oposición legal e ilegal,
interna y externa, tratando de desprestigiar al gobierno y ocultar sus
realizaciones. Su objetivo es preparar el terreno para una eventual
intervención militar, directa o camuflada, unilateral o concertada con
organismos internacionales y gobiernos de la región, que sería la
tercera etapa.

Por ahora, saben que no tienen las condiciones para intentar una
intromisión armada directa. El ascenso de Brasil como potencia
económica y política mundial – que es causa y consecuencia de la
decadencia estadounidense –, y la conformación de diversos bloques de
integración en América Latina y el mundo (UNASUR, BRICS), neutralizan
cualquier intento de ese tipo en la región. Pero la amenaza está
latente. Todos lo sabemos.

Sin embargo, crece en Latinoamérica otro tipo de herramienta de
intervención territorial que está ligada a la economía del
narcotráfico. Colombia y Afganistán han sido sus últimos laboratorios
de experimentación. México y toda Centroamérica están bajo su aureola
fatídica de violencia, descomposición social y debilitamiento
institucional. En Venezuela ya avanza esa estrategia. Es un gravísimo
peligro para la revolución, el país y la sociedad. Minar la moral
revolucionaria del Ejército Bolivariano de Venezuela es una de sus
metas. Es preocupante.

La política de provocación “uribista”

La estrategia imperial usó al ex-presidente colombiano Álvaro Uribe
Vélez como parte de esa política de contención. El motivo fueron las
FARC. El gobierno de los EE.UU. necesitaba construirle a Chávez un
“dossier narco-terrorista”. La finalidad última era comprometer a los
presidentes “rebeldes” nacionalistas (Chávez, Correa y Evo) con el
supuesto apoyo y financiación del “terrorismo internacional”.

No vamos a reconstruir los detalles que son bastante conocidos. Los
cables de WikiLeaks lo confirman todo. Uribe invita a Chávez a ser
intermediario en la liberación de políticos y militares retenidos por
la insurgencia. Éste obra de buena fe y advierte en esa labor
humanitaria una excelente oportunidad para impulsar una propuesta de
Paz frente al conflicto armado colombiano.

Más adelante Uribe lo relega de esa tarea mediante un acto aleve y
provocador. Después viene el ataque al campamento de las FARC en
límites con Ecuador y se desencadena la crisis política y diplomática
regional. Chávez en medio del calor de la confrontación viola el
principio de “no intervención en asuntos de otro país” cuando en forma
unilateral – cayendo en la trampa que le tendió el imperio por mano de
Uribe – reconoce frente a la Asamblea Nacional a la guerrilla como un
“ejército beligerante”.

Todos los pormenores de ese conflicto entre los gobiernos de Uribe y
Chávez, las supuestas filtraciones de los computadores de Reyes, los
informes del DAS y las arremetidas del paramilitarismo, las
acusaciones de complicidad con la presencia de guerrilleros en
territorio venezolano, el informe-montaje de pruebas satelitales
presentado en la OEA, e infinidad de situaciones diarias sumadas a las
denuncias de la oposición venezolana sobre la existencia de bases
militares de Irán, Hezbollah, Hamás y ETA, la compra de armamento
militar a Rusia y las supuestas operaciones clandestinas, todo y mucho
más, hacían parte de ese “dossier terrorista” de Chávez y la
dirigencia bolivariana.

Algunas actitudes del presidente Chávez y de funcionarios del gobierno
venezolano ayudaron a que esa campaña mediática diera sus frutos.
Sobre todo en Colombia, Chávez es visto por la mayoría del pueblo como
un aliado y soporte de las FARC.

Los errores de Chávez

¿Ha cometido el presidente Hugo Chávez algunos errores? Claro que sí.
Sería un “no-humano” si no fuera así. Me voy a referir al que
considero como principal, que está relacionado con la naturaleza de la
Revolución Bolivariana. Ese error queda desnudado en la actuación
frente a lo que podríamos denominar “provocación uribista”, con el
motivo de las FARC. Pero también se manifiesta en otras actuaciones y
pronunciamientos de Chávez.

Considero que es un error querer “liberar” a otras naciones en vez de
crear las condiciones para que sus pueblos las liberen. Tal vez Chávez
haya ido clarificando el panorama, pero hasta hace muy poco tiempo
enviaba mensajes que reflejaban cierto espíritu intervencionista en
asuntos internos de otras naciones. La confrontación pública con
presidentes de la región como Alan García, Fox, Calderón y Uribe, hace
parte de ese historial. Le pasó a Cuba cuando quiso “exportar la
revolución”, que fue uno de los debates entre Fidel y el “Ché”.

Fidel Castro hace mucho rato aprendió la lección y ha sido un
interlocutor útil, de gran altura, respeto y consideración para muchos
gobernantes de América y del mundo, incluido Colombia. Él, en su
experiencia y sabiduría ha podido diferenciar entre lo que es la
función de un Jefe de Estado, la de un jefe de Gobierno y la de
Comandante de la revolución.

El presidente Chávez también lo sabe. Es la razón de que algunos de
sus actos sean calificados como errores. Ha desconocido – seguramente
por su forma de ser espontánea y la falta de un equipo asesor de gran
autoridad – sus propios preceptos. Y por supuesto, ha pagado el
precio.

El origen de los errores

Desde nuestro propio punto de vista, el presidente Chávez y la
dirigencia bolivariana no han identificado una serie de limitantes
históricos que están en la naturaleza del “bolivarianismo”, que parten
de no haber profundizado en los “errores” cometidos por Simón Bolívar.
Ello lleva a que se repitan en este nuevo ejercicio. Dos eran los
aspectos más importantes que no podía contemplar ni entender Bolívar
en su tiempo, que llevaron a que su lucha de liberación nacional –
independentista – no consiguiera final y plenamente sus objetivos.

El primero, no entender que durante los 300 años de colonialismo
español y portugués, las naciones “indo-afro-euro-americanas” al sur
del Río Bravo, habían ido adquiriendo – cada cuál – diversas
características particulares, que eran fruto de las peculiaridades de
los pueblos que habitaban las diversas regiones antes de la invasión
europea, de la forma como se desarrolló la colonización, y de los
intereses de las elites coloniales regionales.

Es decir, Bolívar no podía entender – en su época – que un
“nacionalismo en formación”, venezolano-mantuano, colombiano-
neogranadino, ecuatoriano-quiteño, peruano-limeño y “boliviano” del
Alto Perú, se había ido formando en cabeza de las elites dominantes de
cada “nación” e iban haciendo huella en la identidad de los pueblos.

El segundo, que lo previó Bolívar pero que no lo podía controlar, era
la intervención de los imperios capitalistas que como el inglés – y
más adelante – el estadounidense, no sólo estaban detrás de las luchas
de independencia sino que se iban a aprovechar de la debilidad
económica estructural de estos “países” para comprar y subordinar a
sus cúpulas gobernantes.

¿Cómo enfrentar esta situación que no se ha superado durante los 200
años de existencia de las precarias “repúblicas” latinoamericanas?

La única manera de enfrentar tal situación – como lo ha demostrado con
creces la revolución cubana – es con una estrategia regional e
integral de liberación nacional que reconozca la existencia de
diversas nacionalidades en formación. A partir de allí, avanzar en el
proceso de integración que potencie la soberanía política de cada
Estado y del conjunto de Estados y contribuya a consolidar las bases
materiales para ser autónomos en todos los terrenos de la vida
económica, social y cultural.

Jefe de Estado, de Gobierno y de la Revolución

La estrategia pacífica y civilista de las revoluciones democrático-
nacionalistas que avanzan en la América Mestiza como parte del ascenso
de las luchas populares de los movimientos sociales contra la
globalización neo-liberal, obliga a los revolucionarios a diseñar
comportamientos que tengan en cuenta la realidad institucional de
estos países.

Los pueblos de diferentes países de Sudamérica, encabezados por
movimientos políticos poli-clasistas, heterogéneos y diversos, han
llevado a la Presidencia de numerosas repúblicas a dirigentes
populares mediante procesos y triunfos electorales. Hoy son jefes de
gobierno y cabezas visibles de sus Estados nacionales. A la vez, son
los principales protagonistas de los procesos de cambio.

Esa es la situación concreta. “Somos gobierno pero compartimos el
poder”. Las relaciones de producción – el mercado mundial y nacional,
la lógica económica crematística –, siguen influidas y subordinadas
por una economía capitalista globalizada. Con el agravante de que los
Estados heredados de tipo colonial no son las herramientas ideales
para impulsar cambios estructurales. Estamos pellizcando el poder pero
lo determinante, lo evidente, es la “dualidad de poder”.

Quienes no han renunciado al camino insurreccional, quienes sueñan con
“hacer la revolución” mediante la “expedición de decretos desde
Palacios de Invierno” – como dice un amigo –, no pueden entender la
particularidad de éstas revoluciones. No comprenden los retos del
momento. Es por ello que pasan de aplaudir frenéticamente los “errores
de Chávez” cuando le coloca alfombra roja en Miraflores a la
insurgencia colombiana a calificar al presidente venezolano de traidor
porque ha tenido que entregar a varios integrantes de la guerrilla al
gobierno colombiano.[1]

Para poder socavar las bases de los Estados coloniales e ir
construyendo verdaderos órganos de poder – popular, democrático y
participativo –, se requiere entonces, una estrategia depurada, un
arte de filigrana que implica saber combinar el papel los movimientos
sociales y de la institucionalidad estatal. Equilibrar y armonizar la
función de Jefe de Estado con el de gobernante y el de dirigente
revolucionario, es la fórmula.

Jefe de Estado respetando la normatividad internacional y el derecho
de las naciones a la autodeterminación para impulsar con acierto,
temperancia y paciencia la integración de las naciones y los pueblos.
Jefe de Gobierno sabiendo que su principal responsabilidad es con su
particular pueblo y que la mejor manera de “exportar la revolución” es
con el ejemplo y los resultados exitosos en su “propio” país. Y
dirigente revolucionario para contribuir con su experiencia y
conocimiento con el fortalecimiento de los movimientos sociales y
políticos, los partidos y corrientes de pensamiento transformadores en
el ámbito nacional e internacional.

Seguro, no es fácil. El Fidel maduro es una muestra de ese arte. Lula
lo aprendió. Los demás presidentes y dirigentes populares, vamos
aprendiendo.

El Estado colonial y su socavación

La experiencia acumulada por la revolución bolivariana durante estos
12 años de trajín y tensión, nos han enseñado que la esencia de los
Estados que heredamos (incluyendo sus aparatos administrativos y la
estructura de los ejércitos) es burocrática, antidemocrática,
excluyente, “leguleyesca”, vertical. Hace de estos Estados un aparato
inadecuado, ineficaz, ineficiente, para avanzar en las tareas
transformadoras. Impulsar las “misiones” en Venezuela sin contar con
ese Estado colonial comprueba que allá existía esa conciencia inicial
que pareciera que se ha ido diluyendo.

Pero ello no significa que podamos desechar ese “Estado colonial”
heredado o que lo podamos cambiar de un momento para otro. Es de todas
maneras un aparato de opresión política que si no controlamos y
neutralizamos, las clases reaccionarias y el imperio lo van a utilizar
contra el pueblo y contra la revolución.

Por esa razón es que se hace necesario diseñar una política y una
estrategia de “socavamiento del Estado colonial”. Debemos “minarlo por
dentro”, ganando espacio y poder, mediante una acción correspondiente
– paralela, permanente, consistente – de construcción de un Estado
democrático-nacional, participativo, incluyente, que recupere y
desarrolle órganos de poder ancestrales y otros que han surgido a lo
largo de la historia (en Colombia “El Común”), que están soportados en
la organización social y política de los pueblos y comunidades.

Esta última tarea es indispensable para avanzar. Los “errores de
Chávez”, que son errores de todos nosotros, consisten en que a veces –
por momentos – se olvida de esa realidad y confunde sus papeles. Hoy
no requerimos de “libertadores supremos”. Su principal papel es el de
conductor. Sabemos que superará la enfermedad y seguirá por ese
camino. ¡Lo necesitamos!



http://aranandoelcieloyarandolatierra.blogspot.com/2011/07/los-errores-de-chavez.html

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