Cuba: La gran estafa



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Pedro Lastra
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Cuba: La gran estafa

12 February, 2011

Treinta días viviendo como un cubano

¿Permitiremos que en un futuro no muy lejano el régimen convenza al
mundo de que en Venezuela antes de Chávez la gente se moría de hambre
en las calles y no sabíamos leer ni escribir? Que lo sepan de una
buena vez: jamás se vivió mejor y fuimos más felices que antes del
asalto al poder por el chavismo. Grábenselo en la frente. E impidan la
consumación de la tiranía.

Han transcurrido cincuenta y dos años desde que Fidel Castro pergeñara
la más monumental de las estafas, la blindara con uno de los montajes
de política ficción más aviesos e ingeniosos conocidos por América
Latina y el mundo entero se lo creyera a pies juntillas. Cuba,
contrariamente a lo que se convirtiera en lugar común de la conciencia
universal gracias a tontos útiles o mentirosos contumaces inmensamente
talentosos como Gabriel García Márquez o Julio Cortázar, incluso
gracias a filo castristas de la primera hora como el joven escritor
peruano Mario Vargas Llosa, no era un país miserable, muerto de
hambre, lleno de analfabetas y corrompido por los Estados Unidos hasta
convertirla en un prostíbulo flotante en manos de los mafiosos de
Chicago. Esa creencia, alimentada y retroalimentada una y mil veces
por periodistas liberales, intelectuales prestigiosos – Jean Paul
Sartre y Simone de Beauvoir entre ellos -, burgueses bien pensantes y
librepensadores al servicio del comunismo internacional se convirtió
en una matriz de opinión de validez universal. Lo que le garantizó a
Fidel Castro montar la más aterradora de las tiranías del siglo XX
latinoamericano, fusilar a varios miles de opositores condenados en
juicios sumarios sin encontrar la más mínima resistencia entre los
defensores de los derechos humanos y empujar al destierro a millones
de sus semejantes. Luego de arrebatarles sus bienes y desencajar para
siempre a sus familias. La maravillosa obra de política ficción
producida en technicolor y tercera dimensión por los Castro encontró
respaldo universal: fueron los héroes de Sierra Maestra y los
redentores de los humildes, humillados y perseguidos. No los fascistas
de uña en el rabo que en verdad fueron. Un par de demócratas
ejemplares. Y punto.

Para impedir que esa falacia pudiera ser confrontada a los hechos y
desenmascarada en su maldad infinita, el déspota se encargó de enlodar
y falsificar todo lo que existió antes del 1º de enero de 1959,
arrancándolo de cuajo de la memoria histórica cubana. Y cumpliendo
religiosamente la barbarie ancestral de los tiranos hizo lo que el
emperador chino que ordenó quemar todas las bibliotecas y destruir
todos los documentos y archivos, crónicas e historias anteriores a su
reinado: mandó a destruir todas las hemerotecas, todas las bibliotecas
públicas, todos los archivos contentivos de datos oficiales que
demostraban precisamente todo lo contrario: Cuba fue uno de los países
más desarrollados, cultos y prósperos de América Latina.
Autosuficiente en los más importantes rubros alimenticios, exportador
de muchos de ellos y ya desde 1940 con una sobreabundancia de ganado
vacuno y porcino que permitía que los cubanos resolvieran sus
problemas proteínicos sin necesidad de importar un solo kilogramo de
carne. Disponiendo, además, de mayor libertad de expresión que la
dictadura castrista jamás permitiera.

Esta irrebatible realidad, descrita con acuciosa y estremecedora
prolijidad por Víctor Manuel Camposeco, puede ser comprobada en un
extenso artículo suyo publicado en el número de enero de 2011 de la
revista mexicana Letras Libres, que dirige el prestigioso historiador
Enrique Krauze y que está dedicada a analizar la realidad cubana en su
aniversario número 52: La Habana antes de Fidel. Cuba, hoy sólo
superada en su miserable abandono por Haití, en la que sobrevivir
constituye un heroico y agotador ejercicio de ayuno y abstinencia que
demanda todos los esfuerzos vitales y en la que sus habitantes no han
visto un trozo de carne ni han tenido un litro de leche fresca en sus
manos en toda su existencia,
fue el más próspero de los países de la región y uno de los más
desarrollados de América Latina. País pionero en el desarrollo de las
comunicaciones, con un extraordinario sistema de salud y seguridad
social, y tan alfabetizado, que sólo era superado en esos rubros por
Argentina y Costa Rica.

En esa misma edición de Letras Libres, el periodista norteamericano
Patrick Symmes cuenta la homérica aventura que vivió decidido a
comprobar si era cierto y cómo hacían los profesionales cubanos para
sobrevivir con un salario promedio de 20 dólares mensuales. En la
aventura, que por poco le cuesta la vida, rebajó seis kilos y salió al
cabo del mes de faquirismo castrista mareado y casi desfallecido por
el hambre y la desesperación con que llegó arrastrándose al
aeropuerto, decidido a no repetir nunca jamás tamaña insensatez.

Leo el artículo, mientras admiró a un motorizado que se zampa tremendo
perrito caliente en el puesto ambulante de una de las esquinas de
Plaza Venezuela. Como todo venezolano lo sabe, no hay lugar de nuestro
país que no cuente en doscientos metros a la redonda con un
perrocalientero, una arepera o una panadería. ¿Permitiremos que en un
futuro no muy lejano el régimen convenza al mundo de que en Venezuela
la gente se moría de hambre en las calles y no sabíamos leer ni
escribir? Que lo sepan de una buena vez: jamás se vivió mejor en
Venezuela y fuimos más felices que antes del asalto al poder por el
chavismo. Si estamos a punto de convertirnos en el segundo país de
faquires de América Latina se debe a la misma estupidez que empujó al
abismo a los cubanos: la irresponsabilidad de los medios y los
políticos, aliados en la aventura de devorarse a la república con una
saña digna de mejor causa. Grábenselo en la frente. E impidan que se
consuma la tiranía.
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