Kirchner y la estrategia del Mono Loco



Revista Noticias - 15-Jun-07 - Nº 1590 - Opinión - Análisis
http://www.revista-noticias.com.ar/comun/nota.php?art=455&ed=1590

Kirchner y la estrategia del Mono Loco
Por Gustavo Gonzalez *

Dos conductores se lanzan con sus autos el uno hacia el otro. Los
separan
cientos de metros. Aceleran a fondo. Si ninguno de los dos da un
volantazo a
tiempo, el choque será fatal. En cambio, si uno se desvía ambos se
salvarán.
Eso sí, el que se desvía pierde, y el que pierde es "Gallina", que es
el
nombre con el que se inmortalizó esta estúpida competencia en el
clásico
film de James Dean, "Rebelde sin causa".

Hay dos formas de ganar al Gallina. Una es estar loco. La otra,
hacerse el
loco. Si uno de los conductores convence al otro de que es capaz de
matarse
con tal de no perder, tiene más chances de ganar.

A Néstor Kirchner le cuesta poco hacerse el loco. Desde que asumió con
sólo
un 22 % de votos, entendió que su poder era tan endeble que si actuaba
con
prudencia perdería el juego. Los animales lo saben. Para ser el Macho
Alfa
no se necesita ser el más fuerte, sino el que los demás consideren que
tiene
más fuerza. Y Kirchner desde el principio asumió la estrategia del
Mono Loco
para convertirse en el líder de la manada.

Una noche sorprendió a todos por cadena nacional apretando al
presidente de
la Corte, Julio Nazareno, para que renuncie. Otro día humilló al jefe
del
Ejército obligándolo a subir a un banquito para descolgar un retrato
del
dictador Videla en el Colegio Militar. Aún era uno de los presidentes
más
débiles de la historia cuando despertó a los fantasmas del pasado para
reabrir el enjuiciamiento social contra los militares del Proceso. Sin
aliados políticos, decidió pelearse con el cardenal Bergoglio y la
Iglesia
Católica, con todos los ex presidentes democráticos y con los
periodistas
que no aceptaban subordinarse.

Sus enemigos primero le auguraron poca sobrevida, pero enseguida
empezaron a
preguntarse si realmente estaba loco. La respuesta que se dieron (y
que aún
hoy se dan en sus charlas privadas) es que Kirchner está un poco loco.
O que
no tiene medida del peligro, que es algo parecido. Y frente a un
conductor
loco, lo más sensato es hacerse a un lado.

Algunos antropólogos sostienen que uno de los instintos básicos del
hombre
sigue siendo la violencia irracional, sólo que la evolución cultural
hace
que ese gen se mantenga inhibido. A tal punto, que quienes menos
controlan
ese impulso provocan temor en el resto, que ya no está acostumbrado a
ver el
descontrol animal en otro hombre.

Los expertos en negociación señalan que a veces es conveniente mostrar
rasgos inesperados ante un interlocutor, como cierta locura o
exasperación.
Aseguran que utilizando dosis exactas, esos negociadores pueden
obtener
buenos resultados.

Un libro reciente sobre el genial ajedrecista Bobby Fischer ("Fischer
se fue
a la guerra") explica que los jugadores que se enfrentaban con él
sentían
terror durante las partidas. Por un lado, porque temían que en
cualquier
momento protagonizara una escena violenta, pero también por su fama de
talento inalcanzable que les hacía suponer que cualquier jugada
temeraria de
su parte podía ser una movida maestra. Y esto obligaba a sus
adversarios a
malgastar gran parte de su tiempo, aún para contestar las jugadas más
torpes
del campeón del mundo. Todavía hoy se discute si Fischer está loco o
siempre
se hizo el loco, pero todos coinciden en que su actitud lo favorecía a
la
hora de negociar las mejores bolsas de premios y terminaba destruyendo
la
psiquis de sus contrincantes.

Hasta ahora, a Kirchner le fue bien con la estrategia del Mono Loco.
Gente
poderosa, como empresarios, políticos, ministros y periodistas con
peso
propio, trasuntan cierto temor cuando hablan sobre los ataques de ira
del
Presidente. "Cuando se pone así es mejor no llevarle la contra", se
justifican. James Dean los llamaría "Gallinas", como los que torcían
el
volante a último momento para no chocar.

En los últimos días, el Presidente dio muestras de que no tiene
pensado
dejar de usar la locura como arma política. El día después de las
elecciones
porteñas comenzó a batallar contra Mauricio Macri con la misma
violencia con
la que un general conduce una guerra de liberación. Con la diferencia
de que
aquí se trata del comicio en un distrito que ya parece tener un
ganador.

Un político razonable (en especial tras el fracaso electoral de
Misiones)
recomendaría prudencia para no arriesgar su poder y buena imagen. Pero
Kirchner podría responder: "Si fuera un político prudente no hubiera
llegado
hasta acá".

Pero hay un problema, siempre hay un problema: que alguna vez alguien
descubra su juego. O que encuentre enfrente a alguien que es, o se
hace, más
loco que él.

Richard Nixon llamaba a esta estrategia la "Teoría del Loco". Así lo
recuerda su jefe de gabinete, Bob Haldeman, quien cuenta una charla
con
Nixon en plena guerra de Vietnam. El entonces presidente
norteamericano le
pidió: "Bob, quiero que los vietnamitas crean que sería capaz de
cualquier
cosa... Que les digan: 'Por el amor de Dios, ya saben que Nixon está
obsesionado con el comunismo. No podemos contenerlo cuando está
enojado, y
tiene la mano sobre el botón nuclear'".

El error de Nixon es el riesgo de todos los que juegan a este juego.
No
descubrir a tiempo si el adversario es más "loco" que uno. Los
vietnamitas
estaban dispuestos a chocar sus autos porque ya no tenían nada que
perder.
Por eso quien perdió fue Estados Unidos.

Kirchner, aunque a veces lo parezca, no está loco. Juega al límite,
pero no
quiere chocar. Blasfema contra el FMI, pero saldó su deuda. Repudia
cualquier ortodoxia económica, pero entiende que el superávit es vital
para
él. Le pega en público al establishment, pero en privado le ofrece
negocios.
Bush sabe que puede ser impredecible, pero finalmente es el
latinoamericano
que más apoya sus políticas antiterroristas. Recuerda la frase que el
argentino le dijo la primera vez que se vieron: "No se preocupe
presidente,
yo soy peronista". Y prefiere quedarse con eso.

Kirchner no es, se hace. Su riesgo como líder político es volverse
previsible y caricaturesco: no hay nada peor para un Mono Loco que
provocar
risa. Su error como estadista fue extender durante cuatro años el
marketing
de la irracionalidad hasta convertirlo en la forma oficial en que se
zanjan
las diferencias en la Argentina.

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