(IVÁN): CONDOLENCIAS PARA NUESTROS AMADOS




Miércoles, 07 de febrero, año 2007 de Nuestro Salvador Jesucristo,
Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica


CONDOLENCIAS PARA NUESTROS AMADOS:

Nuestras condolencias son para la Señora Letizia, Princesa de
Asturias, por la desaparición de su hermana, Erika Ortiz. Hemos orado
por ella y por su familia, por su dolor de perder una vida tan
importante y tan preciosa para todos y muy especialmente para nuestro
Dios y para su Hijo amado que están en los cielos.

Pero en realidad, Erika está en el paraíso con su SEÑOR y redentor
celestial de su alma viviente, su Árbol de vida eterna, el Señor
Jesucristo, desde el momento que partió de la tierra. Porque nuestro
Padre Celestial ha enviado a su Hijo amado a Israel para cumplir la
Ley Celestial, en la vida de Erika y de cada hombre, mujer, niño y
niña de la humanidad entera, para ponerle fin al pecado y al mal de la
muerte eterna, en el más allá.

Por lo tanto, Erika no está muerta para Dios ni para su Espíritu Santo
ni para su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, ni menos para su
querida familia de toda su vida. Erika vive para Dios eternamente y
para siempre, y espera por sus queridos familiares junto con su Dios,
sus ángeles y su Espíritu Santo, gozándose por siempre al pie del
Árbol de la vida y de la salud infinita de la humanidad entera, en el
paraíso celestial de su nueva vida celestial.

Y así también por los demás, de los que parten de la tierra, como los
accidentes recientes de minas en Colombia, por ejemplo, y como los
incendios de Chile que reclamaron tanta vida preciosa para Dios, para
su Espíritu Santo y para su Hijo amado, el Señor Jesucristo, en el
paraíso y para la vida eterna del reino de los cielos. Ellos gozan de
la presencia sagrada de su Dios y de su salvador celestial, el Señor
Jesucristo, en el paraíso, para seguir viviendo sus vidas eternamente
y para siempre, en su nuevo lugar eterno del nuevo reino de nuestro
Padre Celestial.

Porque éste es el plan de vida y de salud infinita para todos sus
hijos e hijas de todas las familias, naciones, pueblos, tribus y
reinos de la humanidad entera. Pues entonces, que la paz y la
tranquilidad reinen por siempre en los corazones de las familias que
han despedido a sus seres queridos de nuestro mundo, para estar con su
Dios y con su Árbol de vida infinita, en el paraíso, en el nuevo reino
celestial de la humanidad entera.

Ciertamente, cada uno de ellos está con su Dios y Creador de su vida,
en el paraíso. Porque nuestro Dios no ha creado al hombre para que
muera, sino para que viva. Por lo tanto, toda muerte fue vencida por
nuestro Padre Celestial en la vida gloriosa y sumamente sagrada de su
Hijo amado, el Señor Jesucristo, en su tierra escogida por Él mismo,
en Israel. Es más, el Señor Jesucristo declaro abiertamente para sus
apóstoles y discípulos en toda la tierra, diciéndole al ángel de la
muerte: "Muerte, Yo soy tu muerte".

Por lo tanto, el ángel de la muerte está muerto; y si está muerto, el
ángel de la muerte, en el más allá, entonces ya no tenemos que tener
temor alguno de nada ni por nadie, en esta vida ni en la venidera,
tampoco. En verdad, ninguno de ellos ha muerto, simplemente a pasado
de un mundo de poca luz a un mundo lleno de luz más radiante que el
sol y sus estrellas de todo el universo.

Este es un mundo de nuevas tierras y nuevos cielos, lleno de vida
eterna y de la luz de la vida infinita de Dios, de su Espíritu Santo y
de sus huestes de gloria celestial, para seguir viviendo sus vidas
celestiales, en la eternidad. Porque todos nosotros somos de la
eternidad. Y esto ha de ser con cada uno de ellos, en el reino de
Dios, comiendo por siempre del fruto y bebiendo del agua de vida y de
salud eterna, su Hijo amado, el Árbol de la vida, ¡el Señor
Jesucristo!

Tal como debió ser en el principio, en el paraíso, una vida para la
eternidad, llena de gozo, paz, felicidad, amor, poder, sabiduría,
bondad, inteligencia y muchas cosas más, bellas y santísimas, que
nuestro Dios ha guardado desde la fundación del mundo para aquellos
que le aman a Él, en el amor de su Hijo amado. Porque todo el amor de
Dios es sólo su Hijo amado.

Es decir, también, que nuestro Dios ama eternamente y para siempre a
los que le aman de todo corazón: en el espíritu y en la verdad
infinita, de su fruto de vida eterna, su Hijo, ¡el Señor Jesucristo!
Porque mayor amor para el corazón del ángel, del hombre, mujer, niño y
niña de la humanidad, que el Señor Jesucristo no existe, delante de la
presencia sagrada de Dios y de su Espíritu Santo.

(Y no se preocupen mucho por ningún mal, porque Dios mismo los ama,
como ha amado desde siempre a su Jesucristo; pues entonces estamos
orando por todos ustedes día y noche, para que mucho bien del cielo y
de la tierra venga a sus vidas, a sus hogares, a sus casas, a sus
tierras, para que nunca les falte ningún bien, jamás. Porque mientras
tengamos al Señor Jesucristo en el cielo, como nuestro mediador, sumo
sacerdote o sumo pontífice ante la presencia de nuestro Padre
Celestial, entonces hemos de tener paz, tranquilidad y muchas cosas
ricas de su Espíritu Santo para nuestro diario vivir. ¡Amén!)


Saludos cordiales,

Iván Valarezo

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