(IVÁN): LA PAZ DEL CORAZÓN ES LA PRESENCIA DE JESUCRISTO
- From: Valarezo <valarezo2@xxxxxxxxxxx>
- Date: Sat, 3 May 2008 16:07:52 -0700 (PDT)
Sábado, 03 de mayo, año 2008 de Nuestro Salvador Jesucristo,
Guayaquil, Ecuador – Iberoamérica
(Feliz días festivos a todos en todo el territorio nacional, que se
gocen mucho y se cuiden sobre todas las cosas de todo mal del enemigo;
no se olviden del SEÑOR y de su Jesucristo en sus corazones por donde
sea que vayan, para que todo les vaya bien siempre. También deseo
orar, como siempre, por las victimas de los accidentes fatales que han
ocurrido recientemente en muchos lugares de nuestra tierra. Oramos por
sus familias, como la familia de Sevilla, en España, por ejemplo, la
cual partió junto con el Señor Jesucristo al cielo unos días atrás,
para que nuestro Padre Celestial los consuele cada día más y más con
el poder glorioso y sobrenatural de su Espíritu Santo, en el nombre
sagrado e infinitamente glorioso de su Hijo amado, ¡nuestro Señor
Jesucristo! Porque si sus muy amados ya no están con ellos, pues es
porque el SEÑOR se los llevo con Él de regreso al paraíso, ha seguir
viviendo sus vidas eternas del cielo, para nunca más volver a ver, ni
menos conocer el mal, sino sólo el bien de las cosas, como debió ser
siempre en el cielo y en la tierra. Pues bien, ellos han de seguir
viviendo sus vidas infinitas en el nuevo reino de los cielos, en donde
todo es paz, gozo, felicidad, amor, santidad, salud y la plenitud de
las cosas de una vida santa y digna de vivirla con su Dios y Creador
de sus nuevas vidas celestiales e inmortales. Su comida y así también
su bebida de cada día han de ser como siempre: El fruto del Árbol de
la vida eterna, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Por lo tanto, ellos
viven en el Espíritu de la eterna paz del cumplimiento de Los Diez
Mandamientos en sus corazones y en sus nuevas vidas eternas del cielo;
en realidad sólo conocerán las felicidades infinitas de sus corazones
y de todas las cosas de la nueva vida eternal de Dios y de sus huestes
celestiales, gracias a nuestro Señor Jesucristo. ¡Mucha salud y paz
para todos, en nuestro Salvador Jesucristo! ¡Amén!)
(Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo)
LA PAZ DEL CORAZÓN ES LA PRESENCIA DE JESUCRISTO:
La paz del corazón del hombre es el cumplimiento perfecto del Espíritu
de Los Diez Mandamientos en su vida, «y éste cumplimiento del Espíritu
de Los Diez Mandamientos es nuestro gran rey Mesías de todos los
tiempos, el Hijo de David», ¡nuestro Señor Jesucristo! En la
antigüedad, los antiguos creían en el Espíritu Inviolable de las
ordenanzas de Dios, porque esperaban al Mesías, el Hijo de David, ¡el
Cristo!, para que entre en sus vidas y viva con ellos, «y así cumplían
cabalmente con toda verdad y con toda justicia del Espíritu la Ley de
Dios en sus vidas para alegría de nuestro Padre Celestial».
Por lo tanto, esto era la paz de Dios en sus corazones, en sus
espíritus y en sus cuerpos humanos, «para no morir jamás condenados
por sus pecados y delitos en contra del Espíritu Inviolable de la Ley
infinita». Hoy, nuestro Señor Jesucristo ha descendido a Israel para
cumplir y honrar infinitamente el Espíritu Inviolable de Los Diez
Mandamientos en su sangre expiatoria, «por eso tenemos paz eterna para
con Dios y sólo posible en el espíritu de la vida gloriosa y sumamente
honrada de nuestro gran rey Mesías, el Salvador de Israel y de la
humanidad entera», ¡nuestro Señor Jesucristo!
Actualmente, lo único que tenemos que hacer para tener paz para con
Dios, y para con todos los demás en todos los lugares de la tierra,
«es simplemente creer en nuestros corazones y confesar con nuestros
labios al Señor Jesucristo», delante de la presencia de nuestro Padre
Celestial y de su Espíritu Santo. De otra manera, no hay paz posible
de parte de nuestro Dios para ninguno de nosotros en toda la tierra;
es más, estamos perdidos en el espíritu de la ceguera espiritual y de
la discordia de nuestros corazones infinitos, sin Dios y sin su
Jesucristo, «y esta es la misma muerte segura de Adán y de Eva en
todos nosotros».
Por lo tanto, todos nosotros necesitamos cada día de nuestras vidas
humanas paz para vivir con Dios, y sin paz no podemos vivir con él
jamás, «y así no podremos disfrutar de sus riquezas insondables
tampoco en la tierra ni menos en la nueva eternidad venidera, para
miles de siglos venideros de su nueva era celestial e infinita». Y,
además para nosotros poder tener paz hoy en día, como en la antigüedad
o como en el paraíso, por ejemplo, entonces tenemos que ser
reconocidos como propiedad de Dios y de su Espíritu Santo, «y esto es
sólo posible en cada uno de nosotros: al comer y beber de su Hijo
amado, su Árbol de vida eterna», ¡nuestro Señor Jesucristo!
En otras palabras, lo anterior es sólo posible en cada uno de
nosotros, si tan sólo creemos en su fruto de vida para volver a nacer
en su Espíritu de vida eterna, como en un momento de oración y de fe,
delante de su presencia sagrada, «para que entonces Él mismo nos
comience a reconocer como suyos, como de su propiedad personal». De
otra manera, jamás podremos ser hechos hijos e hijas de Dios y de su
paz infinita, en esta vida ni en la venidera tampoco para siempre;
porque «sólo el cumplimiento de Los Diez Mandamientos puede hacer al
hombre hijo de Dios y así también a la mujer hija de Dios, para
comenzar a gozar de la paz eterna del cielo».
A parte de eso, nadie podrá ser hecho hijo e hija de Dios, si el
Espíritu de la paz eterna, como de las ordenanzas sagradas de Moisés y
de Israel por ejemplo, no son cumplidas cabalmente en la vida del
hombre, de la mujer, del niño y de la niña de la humanidad entera en
toda la tierra. Es por eso que nuestro Dios nos entrego de su Espíritu
Santo primero antes que a su Mesías en Israel, como se lo entrego a
Adán en el paraíso, desde el comienzo de las cosas; y «él dejo que se
derramase por la tierra, para que lo llenare todo y así ninguno de
nosotros se quede sin el toque de su Espíritu Santísimo».
Si, así es: todos hemos sido tocados por el Espíritu Santo de Dios,
desde mucho antes de la fundación del cielo y de la tierra, para que
vivamos hoy con la esperanza de no sólo conocer cara a cara a
Jesucristo en nuestras vidas, sino también a nuestro único Padre
Celestial, el Creador del cielo y de la tierra. Y, de hecho este
Espíritu de Dios es el mismo Espíritu Inviolable de Sus Diez
Mandamientos, y no hay otro espíritu igual al Espíritu Santo, para que
entre en nuestros corazones y en nuestros espíritus y cuerpos humanos,
«y nos ayude sobrenaturalmente, no sólo a alcanzar la paz, sino
también cada una de sus muchas y muy ricas bendiciones infinitas del
cielo».
Dado que, con el espíritu y la sangre de Adán, manchada por el pecado
y la rebelión hacia el fruto la vida eterna del paraíso en nuestros
cuerpos y espíritus humanos, «entonces no podremos jamás gozar del
Espíritu de la paz de nuestro Padre Celestial ni de su Árbol de vida
eterna», ¡nuestro Señor Jesucristo! Y el fruto de vida de nuestro
Padre Celestial para Adán y así también para Eva y cada uno de sus
descendientes, en sus millares, de todas las familias, razas, pueblos,
linajes, tribus y reinos de la tierra, «es la invocación celestial de
nuestros labios al nombre ungido de su Hijo amado», ¡nuestro Señor
Jesucristo!
Porque «sólo el nombre sagrado del Señor Jesucristo es el fruto de
vida y de paz eterna» para el corazón de los ángeles del cielo y así
también para el corazón del hombre del paraíso y de la tierra de todos
los tiempos; y sin la invocación del Señor Jesucristo, entonces no hay
perdón de pecados, ni menos paz para nadie. Y es por eso que morimos
cada día, «porque no conocemos el fruto de la vida, así como Adán y
Eva no lo conocieron», ni supieron jamás del mal que se estaban
haciendo a si mismos al no invocarlo, hasta que fue demasiado tarde
para cada uno de ellos y todo su linaje humano también.
Porque sólo con la invocación del nombre del Señor Jesucristo, en el
paraíso y así también en la tierra, «es que nuestro Padre Celestial y
su Espíritu Santo pueden comenzar a reconocerle al hombre y a la mujer
cada uno de sus derechos hacia sus bendiciones infinitas de amor, paz,
gozo, salud, poder y demás bendiciones de la vida eterna». Y estas
bendiciones son santas y de paz eterna, sólo posibles en creer en el
Señor Jesucristo en sus corazones y confesar su nombre santo con sus
labios, «pues eso era todo lo que Dios requería de Adán para darle de
su Espíritu de paz y de gloria, y así también hoy en día con sus hijos
en toda la tierra».
Además, estas bendiciones son perfectas de las cuales pertenecen a
cada uno de nosotros por inicio, desde mucho antes de la creación de
los cielos y de la tierra, «para que llenen nuestros corazones del
conocimiento y del sabor de la paz eterna de nuestro Padre Celestial y
de su Hijo amado», ¡nuestro Señor Jesucristo! Es más, estas
bendiciones sobrenaturales son llenas del espíritu de paz de nuestro
Padre Celestial, para hacer que nuestros corazones y nuestras almas
infinitas vivan día a día en el Espíritu de la paz de nuestro Salvador
infinito, su Hijo amado, «para edificar nuestras vidas cada vez más
que antes delante de su presencia santa».
Y sólo así podremos cada uno de nosotros crecer cada día hacia nuestro
lugar eterno del nuevo reino de los cielos, como hacia La Nueva
Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo, en donde el Espíritu del
Príncipe de paz, el que cumplió cabalmente en Israel el Espíritu
Inviolable de Los Diez Mandamientos, pues vivirá junto con nosotros en
perfecta paz infinita. Por ello, nuestro Padre Celestial está
interesado que nosotros crezcamos siempre hacia él y sus conocimientos
infinitos día a día y sin parar, «pero únicamente en su espíritu de
paz y de armonía infinita, su fruto de vida eterna, nuestro único
salvador celestial y de la tierra», ¡nuestro Salvador Jesucristo!
Y, por tanto subiremos al cielo, como desde hoy mismo, si tan sólo
creemos en el Espíritu Inviolable de nuestro Creador Celestial, es
decir, «si creemos en nuestro Dios y lo que hace siempre por nosotros,
sólo por medio del espíritu de la paz de su Espíritu Santo y de su
gran rey Mesías de todos los tiempos», ¡nuestro Salvador Jesucristo!
Porque sólo el unigénito de Dios, el Hijo de David, «es el Dios del
camino derecho hacia el paraíso, el Dios de la verdad y el Dios de la
vida eterna también», para entrar en paz, gozos y felices en nuestros
corazones, llenos de salvación y de la gracia infinita, para conocer a
nuestro Creador por fin en su morada eterna.
Porque el reino de los cielos fue creado para vivir la vida eterna de
Dios, de su Espíritu Santo y de su Árbol de vida, nuestro Señor
Jesucristo, en los corazones y en los espíritus celestes de cada uno
de sus ángeles, arcángeles, serafines y demás seres santísimos del
cielo, como el hombre del paraíso y de nuestros días también. Porque
la verdad es hoy en día, tal cual lo fue en la antigüedad con los
israelíes, por ejemplo, «el hombre es santo e infinitamente libre de
todo pecado, si tan sólo cree en la sangre expiatoria de la paz eterna
de nuestro Padre Celestial, la sangre del Cordero Escogido de Dios, el
gran rey Mesías», ¡el Hijo de David!
Es más, todo lo que nuestro Padre Celestial creo con su palabra, con
su nombre santo y con sus manos sagradas, siempre fue en su espíritu
de paz eterna de Sus Diez Mandamientos benditos, «y sin éste Espíritu
glorioso e Inviolable de sus ordenanzas sagradas, nuestro Dios no creo
nada de nada jamás». Porque nuestro Dios lo creo todo muy santo y de
acuerdo al Espíritu de Sus Diez Mandamientos, para que no sólo
tengamos paz, sino que también lo vivamos para que lo disfrutemos en
sus muchas y gloriosas bendiciones infinitas de todo bien eterno, como
él mismo lo disfruta desde siempre con sus ángeles gloriosos del
cielo, por ejemplo.
Y así también nuestro Padre Celestial desea vivir y gozar esa vida
gloriosa que su Espíritu de paz de Sus Diez Mandamientos le da al
corazón de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, hoy
en día como en la antigüedad con sus siervos y sus siervas fieles a su
nombre muy santo, por ejemplo. Es más, con el Señor Jesucristo y con
cada uno de nosotros, en todos los lugares del mundo, nuestro Dios no
ha cambiado en nada jamás, al revés ha sido el hombre quien a
cambiado, pero jamás nuestro Dios; «nuestro Dios es el mismo ayer, hoy
y siempre, con Jesucristo sentado a su diestra en el cielo para bien
eterno de todos nosotros».
Y, por tanto cuando leemos Los Diez Mandamientos, pues entonces
estamos no sólo recibiendo más y más del Espíritu de paz de nuestro
Creador y de su Árbol de la vida, «sino que también, juntamente
estamos recibiendo el espíritu de cada una de las cosas que le hayamos
pedido a él que nos regale, que nos otorgue en su infinita
misericordia». Porque es nuestro Padre Celestial que está en los
cielos y quien nos da realmente todas las cosas que necesitamos día a
día en nuestras vidas por toda la tierra, y así también ha de ser en
el nuevo reino de los cielos con cada uno de nosotros, de todas las
familias de la humanidad entera, de modo definitivo.
Es por eso que siempre ha sido bueno vivir en paz con nuestro Creador,
y esto es sólo posible en el corazón del hombre al creer en el Señor
Jesucristo y confesarle siempre en oración delante de su presencia
santísima que esta con nosotros y, a la vez, está en el cielo, para
oír nuestros ruegos, oraciones, peticiones, intercesiones y demás.
Porque sólo nuestro Señor Jesucristo es el cumplimiento del Espíritu
de Los Diez Mandamientos de Dios y de Moisés en esta vida y en la
venidera también, eternamente y para siempre; y, por tanto «sin
Jesucristo en nuestras vidas, entonces no hay cumplimiento alguno del
Espíritu Inviolable de Los Diez Mandamientos eternos en la tierra ni
en el paraíso, para siempre.
Y si el Espíritu del cumplimiento de Los Diez Mandamientos no
prevalece en la vida del hombre, como en sus tierras, en sus familias
y en las religiones de sus naciones, «pues entonces la paz no es
posible para nadie jamás»; y esto es verdad sólo hasta que Jesucristo
es infinitamente reconocido en sus corazones, para bien eternos de
muchos. Es decir, que el mismo espíritu de paz que reina en la vida
eterna del reino de los cielos descendería a la tierra, para tocar
nuestras vidas sobrenaturalmente, gracias a nuestro Señor Jesucristo,
para gloria y honra de nuestro Creador; «porque esto es lo que nuestro
Dios siempre deseo hacer con toda la tierra y sus naciones eternas,
darles paz infinitamente».
Por lo cual, todo lo que proviene de nuestro Dios, ya sea para sus
ángeles del cielo o para los hombres, mujeres, niños y niñas de la
humanidad entera, es realmente en su Espíritu Inviolable; es decir,
también «que todo es del espíritu o nace del espíritu para descender
hacia cada uno de nosotros en la tierra, y sólo así bendecirnos
grandemente». Entonces nuestro Dios sólo nos puede conceder cada una
de las cosas que necesitemos de él, «por el poder sobrenatural de su
Espíritu Santo, para bien y edificación de nuestras vidas y para
gloria y honra de su nombre santísimo», el cual reina supremo y en
perfecta paz eterna en el corazón de su Árbol de vida eterna, ¡nuestro
gran rey Mesías!
Por lo tanto, sólo en el poder de su Espíritu Santo les concedía a los
antiguos cada una de las cosas que le pedían a Él, y casi jamás les
negaba nada, «porque Dios ama grandemente a los que aman al Mesías»; y
así todos vivan sus días felices en la tierra, porque jamás sufrían
por la falta de ningún bien eterno. Así pues también hoy en día
nuestro Padre Celestial es igual con cada uno de sus siervos y de sus
siervas, en todas las naciones; porque nuestro Dios es lleno de amor y
de misericordia, para con cada uno de los que le aman a él,
«únicamente en el Espíritu Inviolable del cumplimiento de sus
ordenanzas eternas», ¡nuestro Salvador Jesucristo!
Es por eso que sin el Señor Jesucristo entonces ningún hombre, mujer,
niño o niña podrá jamás vivir la paz de su felicidad y de su vida, y
así también, «podemos decir lo mismo de cada una de las naciones y de
sus religiones, empezando con Israel»; pues no podrán vivir felices
jamás, «sin la paz de Dios en sus tierras». Porque la tierra sólo
puede recibir la paz del cielo, si Jesucristo vive en los corazones de
sus habitantes; «y sin Jesucristo en sus tierras no sólo no hay paz,
sino también la escasez de todas las cosas para que sus gentes
estallen en problemas y en pugnas terribles».
Sin embargo, «sí Jesucristo es el Dios de la verdad de esas tierras y
sus familias, pues entonces todo es paz y abundancia de las cosas por
doquier», para que sólo haya entre ellos corazones felices y no
tristes día y noche y sin cesar hasta entrar a la nueva vida infinita
de La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo. Porque sólo el Señor
Jesucristo es la paz del Espíritu de Los Diez Mandamientos de Dios en
el corazón de la humanidad entera y así también en el corazón de las
naciones y de sus diversas religiones, por ejemplo; «de otra manera no
hay paz para nadie en el paraíso ni menos en la tierra, para
siempre».
Es más, nadie jamás ha vivido verdaderamente feliz sus días de vida en
el paraíso o en la tierra, sin la paz de Jesucristo; «porque sólo el
Espíritu de nuestro gran rey Mesías», ¡el Señor Jesucristo!, «es el
cumplimiento perfecto de Los Diez Mandamientos de Dios y de Moisés,
eternamente y para siempre, en el cielo y en la tierra». También
podemos decir lo siguiente: «Si el Espíritu Inviolable de Los Diez
Mandamientos es cumplido en nuestras vidas, entonces nuestro Padre
Celestial es feliz con cada uno de nosotros en el cielo y así también
en la tierra, para bendecirnos siempre y sin limite alguno, para que
sólo haya abundancia en nuestras vidas y más no escasez de las cosas
jamás».
Pero si el Espíritu de Sus Diez Mandamientos no es cumplido en
nuestras vidas, entonces esto significa que el Espíritu del Mesías, o
nuestro Señor Jesucristo, no vive en nuestros corazones y en nuestro
espíritus y cuerpos humanos, por lo tanto «no hay paz para nuestras
almas infinitas, sino sólo falta constante de las bendiciones del
cielo y de la tierra». Porque «sólo el Espíritu del gran rey Mesías»,
el Hijo de David, el Cristo, «es verdaderamente el Espíritu Inviolable
e infinitamente cumplido y honrado de Los Diez Mandamientos, para que
nuestro Padre Celestial esté por siempre feliz con cada uno de
nosotros, en todas las familias de las naciones de la tierra», desde
hoy y por siempre en la eternidad venidera.
Porque así como el ángel del cielo tiene vida y goza del Espíritu de
la paz en su corazón y en su espíritu eterno con su Dios y Fundador de
su vida, «así pues también cada ser viviente de todas las familias y
de sus religiones de las naciones de la humanidad entera, por
ejemplo». Y, por todo ello el corazón que no tiene paz en cualquier
lugar de la tierra, «simplemente esto significa que nuestro Señor
Jesucristo no es conocido aún por su espíritu humano», como el
Príncipe de paz, ni menos conocido como el dador de la vida y de las
riquezas eternas; y esto es ceguera y muerte espiritual para
cualquiera infinitamente.
Y nuestro Padre Celestial no envió de su Espíritu Santo al mundo
entero, desde el comienzo de todas las cosas, para que el hombre viva
en su espíritu de ceguera y de muerte espiritual, sino todo lo
contrario. Nuestro Dios desea que el hombre viva hoy en día, como en
la antigüedad, «siempre lleno de su Espíritu de la paz eterna de Sus
Diez Mandamientos infinitamente honrados en la sangre sacrificada
extraordinariamente del Mesías sobre el altar; es por eso que
Jesucristo es importante en nuestro diario vivir, «para que el hombre
viva su paz desde ya y para siempre».
Porque el Espíritu de la vida y de la sangre expiatoria de nuestro
Señor Jesucristo es el fin de nuestros pecados y la llenura infinita
de la paz de Dios, en nuestros corazones y en nuestras vidas
regeneradas (renovadas por el amor y por la misericordia de nuestro
Creador que está en los cielos y siempre presente con todos nosotros
también). Y esto es así hoy en día en tu vida mi estimado hermano,
como lo fue con Adán en el paraíso, «porque sólo Jesucristo es el
cumplimiento de Los Diez Mandamientos de Adán y de su linaje humano en
el cielo, en la tierra y así también en La Nueva Jerusalén Santa y
Perfecta del cielo, eternamente y para siempre».
Y si hoy tienes paz en tu vida y con sus muchas y ricas bendiciones
infinitas, de Dios y de su Árbol de vida eterna, nuestro Señor
Jesucristo, «es porque el Espíritu Inviolable de Los Diez Mandamientos
de Dios vive en tu corazón infinitamente», para agradar por siempre a
nuestro Padre Celestial en su verdad y en su justicia eterna. ¡Amén!
¡Que Dios los bendiga hoy y siempre, en el Espíritu cumplido de Sus
Diez Mandamientos santos e infinitamente gloriosos en sus corazones
eternos! Y gócense siempre en el Fundador de sus nuevas vidas eternas,
sólo en el Espíritu amable y glorioso de Los Diez Mandamientos de Dios
y de Israel, infinitamente cumplidos en el Hijo de David, para que sus
días sean siempre bendecidos y así jamás les falte ningún bien de la
tierra, del cielo ni de la nueva eternidad venidera, para siempre.
¡Glorifiquen a su Dios en el Espíritu Inviolable del gran rey Mesías,
el Hijo de David, el Cristo, para que nuestro Dios se goce también
junto con ustedes en el cielo hoy en día y para siempre en la nueva
era venidera del cielo! ¡Amén!
El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo
es contigo.
¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!
Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en el
nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras
almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y
honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el
cielo, también, para siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo.
LAS MALDICIONES BIBLICAS, para los que obran maldad día y noche,
(Deuteronomio 27: 15-26):
“‘¡Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o una imagen de
fundición, obra de mano de tallador (lo cual es transgresión a la Ley
perfecta de nuestro Padre Celestial), y la tenga en un lugar secreto!’
Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que le reste importancia a su padre o a su madre!’ Y
todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que cambie de lugar los limites de propiedad de su
prójimo!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que desvié al ciego de su camino!’ Y todo el pueblo
dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que falsee el derecho del extranjero, del huérfano y de
la viuda!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que se acueste con la mujer de su padre, porque
descubre la desnudes de su padre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que tenga contacto sexual con cualquier animal!’ Y todo
el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que se acueste con su hermana, hija de su padre o hija
de su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que se acueste con su suegra!’ Y todo el pueblo dirá:
‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que a escondidas y a traición hiera de muerte a su
semejante, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que acepte soborno para matar a un inocente, sin causa
alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley, poniéndolas por
obra en su diario vivir en la tierra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS
Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la
verdad y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la
omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad
perfecta del Padre Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto
tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine,
cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos
con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre
las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a
la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está
aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en
Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los
males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible
de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en
la vida de cada uno de los tuyos también, para la eternidad del nuevo
reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en
día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus
ángeles santos. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada
palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición
terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada
majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con
todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y
de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su
Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las
naciones!
SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS
Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu
corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la
tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde
los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del
reino de los cielos:
PRIMER MANDAMIENTO: “No tendrás otros dioses delante de mí”.
SEGUNO MANDAMIENTO: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo
que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas
debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás
culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la
maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la
cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia
por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos”.
TERCER MANDAMIENTO: “No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios,
porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano”.
CUARTO MANDAMIENTO: “Acuérdate del día del sábado para santificarlo.
Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será
sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni
tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el
forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová
hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y
lo santificó”.
QUINTO MANDAMIENTO: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días
se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da”.
SEXTO MANDAMIENTO: “No cometerás homicidio”.
SEPTIMO MANDAMIENTO: “No cometerás adulterio”.
OCTAVO MANDAMIENTO: “No robarás”.
NOVENO MANDAMIENTO: “No darás falso testimonio en contra de tu
prójimo”.
DECIMO MANDAMIENTO: “No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su
buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo”.
Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y deshazte de todos estos
males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos,
también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de
Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos
desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú
no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los
tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días
de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy.
Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que
sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada
una de sus muchas familias, por toda la tierra.
Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos
juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia
santa del Padre Celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras
almas:
ORACIÓN DEL PERDÓN
Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de
tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu
reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la
tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras
deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos
metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.
Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre Celestial
también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres,
tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.
Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y
la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ”.
Juan 14:
NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.
¡CONFÍA EN JESÚS HOY!
MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.
YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS
TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.
- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y
su MUERTE.
Disponte a dejar el pecado (arrepiéntete):
Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer
día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu
vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.
QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL
SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un
pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su
SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi
pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi
SALVADOR.
¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____?
¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?
Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de una
nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:
Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios,
orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El
ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en
un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema
autoridad. Habla de Cristo a los demás.
Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de
Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su
palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en
gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata
a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con
frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para
que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.
Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que
te goces en la verdad del Padre Celestial y de su Hijo amado y así
comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre.
El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de
Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es
la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la
tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras
almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: “Vivan
tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén”. Por causa de mis hermanos y
de mis amigos, diré yo: “Haya paz en ti, siempre Jerusalén”. Por causa
de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra:
imploraré por tu bien, por siempre.
El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de
Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que
respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso!
Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de
todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor
al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y
como siempre, para la eternidad.
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