DEMOCRACIA SÍ, POLÍTICOS NO .



Democracia sí, políticos no
Por Enrique Tomás Bianchi
Para LA NACION
Viernes 2 de noviembre de 2007

La gente cree en la democracia, pero no en aquellos a los que vota para
que la representen: los políticos. Es un fenómeno a escala mundial.
Pasado el período de los primeros cien días (al decir español), o
political honeymoon (luna de miel), comienza la desconfianza. El
profesor Pierre Rosanvallon, en La Contre-démocratie. La politique à
l'âge de la défiance, estudia la función de la desconfianza en las
democracias actuales. La obra ?que ya suscitó polémicas?
constata que en las democracias siempre ha existido tensión entre
legitimidad y confianza. La primera la da el voto. La segunda es más
invisible (se gana y se pierde, a veces rápidamente). Cuando esto
último acaece, nace la "democracia de la desconfianza", que se
manifiesta, según el autor, a través de tres modalidades:

1°) Los poderes de vigilancia. El ciudadano no se limita a votar.
Ahora vigila a quienes ha elegido y, llegado el caso, denuncia sus
"derrapes" hacia lo ilícito (affaires, negociados). La legitimidad
social es más amplia que la electoral, porque pone en juego la
reputación de una persona o un régimen. Es constante e implica un
juicio permanente de las acciones de los gobernantes. El papel de
centinela puede ser individual o grupal. Cuando hay una impugnación,
siempre se busca que tenga trascendencia mediática.

2°) Los poderes de veto. Conforman la democracia negativa o de
rechazo, que se expresa no sólo en la expresión electoral
periódica, sino en las reacciones permanentes frente a decisiones del
gobierno. Pueden ser manifestaciones callejeras, cacerolazos,
recolección de firmas, movimientos de opinión. Se proponen objetivos
concretos (renuncia de un funcionario, retiro de un proyecto de ley) y
permiten formar coaliciones heterogéneas y negativas, más fáciles
de articular que las coaliciones positivas, que son las que buscan la
realización de un programa. Según Rosanvallon, "la soberanía del
pueblo se manifiesta así, cada vez más, como un poder de rechazo".
Los estudios de los politicólogos se centran, entonces, en quienes
tienen más posibilidades de bloquear (veto players) las acciones
gubernamentales.

3°) La "juridización" (sic) de lo político. Los ciudadanos piden,
cada vez más, a los tribunales aquellos resultados que ya no esperan
obtener a través de las urnas. El juez va tomando importancia en la
esfera política. Hay una preferencia por los efectos que puede
producir el proceso judicial, como una estructura alternativa a la vía
electoral.
Se considera la sentencia como una forma superior a la votación, en
cuanto a su aptitud de producir resultados más concretos y tangibles.
Dice nuestro autor: "Al pueblo elector del contrato social se han
superpuesto las figuras más activas del pueblo vigilante, del
pueblo-veto y del pueblo-juez.". Son "modos de ejercicio indirecto de la
soberanía según formas no tratadas por las constituciones".
Rosanvallon habla de contrademocracia, que no sería algo contrario a
la democracia. Se trataría, más bien, de una democracia de
oposición o democracia de los contrapoderes. La contrademocracia es
social, "es fuerza material, resistencia práctica, negatividad
directa; es, en su esencia, cuestionamiento. [?] Es, en cierto
sentido, vida democrática en su forma más inmediata". Se pueden
aceptar muchos de los planteos de Rosanvallon, pero no todos. Así, por
ejemplo, la elección del término contrademocracia, para englobar los
fenómenos que analiza es desafortunada. Como dice Jacques Chevallier,
lo que cuestionan las conductas estudiadas no es el principio
democrático en sí mismo, sino, en todo caso, la lógica del sistema
representativo. No hay contrademocracia, sino "contrarrepresentación".
Algo así como decir: "Creo en la democracia, pero no en los
políticos".
Otra objeción: el llamado poder de vigilancia no puede ser calificado
de ejercicio de un "contrapoder" no normado en las constituciones, por
la sencilla razón de que todas las constituciones democráticas que
merezcan el nombre de tales reconocen la libertad de expresarse, de
controlar, de impugnar. El propio Rosanvallon cita a John Stuart Mill
cuando éste afirma que, si bien es cierto que no podemos hacerlo todo,
sí podemos, y debemos, controlarlo todo.
Cuando se trata de los llamados poderes ciudadanos de veto,
correspondería determinar con más precisión cuándo nos hallamos
en presencia de verdaderas movilizaciones populares y cuándo, en
cambio, sólo se trata de la acción organizada de pequeños
grupúsculos de activistas, que, a la hora de la verdad electoral,
revelan su patética escualidez. Precisamente, son algunos de estos
grupúsculos los que a veces persiguen no sólo presionar a los
representantes electos, sino impedir que ejerzan sus funciones
(ejemplos: toma de rectorados, legislaturas, etc.), lo que resulta
inadmisible.
En cuanto al pueblo-juez, las propuestas de Rosanvallon ?que propicia
la creación de juicios por jurados que entiendan en el juzgamiento de
ciertos delitos (especialmente los vinculados con la corrupción
gubernamental)? son acertadas y, en el caso argentino, totalmente
acordes con el texto constitucional (art. 118 de la Constitución
nacional).
Quizá muchas de las aspiraciones de los denominados contrapoderes
puedan encontrar canalización en las vías (existentes o por crearse)
de nuestra vieja y querida democracia representativa. Pero cuidado,
porque algunos de aquellos que la cuestionan no quieren mejorarla, como
procura Rosanvallon: lo que desean es destruirla.
El autor es secretario letrado de la Corte Suprema de Justicia de la
Nación. 11-2-07


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