LA MADRE DE TODAS LAS BATALLAS..:)BUENÍSIMO. POR M.GRONDONA ........:)



La madre de todas las batallas
Por Mariano Grondona
Domingo 24 de febrero de 2008

La renuncia de Fidel Castro no es sólo un capítulo más de la
tragedia cubana. Puede convertirse, además, en un giro crucial de la
traumática relación entre los Estados Unidos y América latina. En
sus recientes memorias, el ex presidente de la Reserva Federal
norteamericana Alan Greenspan dedica negras páginas a América latina
al sostener que la nuestra no es una región habitada por la
racionalidad, sino por una acumulación dolorosa de malos recuerdos: el
recuerdo de los indoamericanos de la explotación colonial española y
portuguesa; el recuerdo de los hombres y las mujeres de color que
padecieron la ignominia de la esclavitud, y el recuerdo más reciente
generado por el imperialismo norteamericano desde que reemplazó a los
imperios europeos.
Más que una región habitada por una concepción equilibrada de la
política y la economía, concluye Greenspan, América latina ha sido
un largo grito de dolor del cual sólo estuvo exenta la Argentina
cuando se consideró europea hasta hace poco tiempo, lo cual explica la
enorme ventaja que sacó a sus naciones hermanas hasta mediados del
siglo XX. El autor lamenta, sin embargo, que la Argentina haya terminado
por encolumnarse con el grito de dolor latinoamericano a partir de
Perón.
La ventaja de los que marchan adelante pone a prueba la percepción de
los que marchan atrás. Si los que marchan atrás creen tener razones
para pensar que su desventaja se debe a la explotación de los que los
aventajan, justifican su rebelión bajo la forma del resentimiento ,
ese venenointerior que Max Scheler estudió magistralmente. Si los que
marchan atrás no encuentran razones para experimentar resentimiento
contra los que marchan adelante, aun así pueden sentirse invadidos por
la envidia, o por los celos si antes eran ellos los que marchaban
adelante. Este último es el sentimiento respecto de los
norteamericanos que hoy tienta a los europeos y, sobre todo, a los
franceses. Pero si los que marchan atrás avanzan tanto que esperan
acercarse a los punteros, entonces los impulsa el mejor sentimiento de
todos, la emulación , un sentimiento que hoy asoma en Asia y, sobre
todo, en China.
Durante sus años dorados, los argentinos sentían emulación
respecto de los norteamericanos. A medida que ellos se nos alejaban en
función de su propio progreso y de nuestra declinación, irrumpieron
entre nosotros la envidia y, en algunos casos, hasta el resentimiento.
La envidia y el resentimiento a veces se confunden porque aun cuando el
envidioso no tenga argumentos para sentirse explotado, se resiente al
comparar la satisfacción del puntero con su propia frustración. Como
el éxito ajeno le genera dolor, atribuye entonces al triunfador la
causa de su propio malestar. Este sentimiento se confirma entre nosotros
al comprobar que el país donde los norteamericanos tienen peor imagen
en América latina es, precisamente, la Argentina.
El carisma
Cuando se toma en cuenta la inmensa reserva de antagonismo
antinorteamericano que late en América latina, se advierte la
dimensión carismática que adquirió Fidel Castro. Sólo hay que
sumarle la increíble serie de errores de la casi totalidad de los
gobiernos norteamericanos para llegar a la conclusión de que hace 50
años, cuando Castro izó la bandera antinorteamericana, tocó la
cuerda más sensible del sentimiento latinoamericano.
Cuando Castro llegó al poder en 1959, John F. Kennedy comprendió lo
que estaba ocurriendo y lanzó la Alianza por el Progreso en 1961. Su
idea era asociar de algún modo a América latina con los éxitos de
la democracia estadounidense. Pero los sucesores de Kennedy recayeron en
el error histórico que Bush no ha hecho más que agravar:
considerarnos, simplemente, "el patio de atrás" de los Estados Unidos.
A esto se agregó la torpeza adicional del interminable embargo a Cuba
que le dio a Castro el pretexto ideal para erigirse en víctima,
convirtiéndolo en el símbolo de la resistencia latinoamericana. Pese
a ello, basta escuchar a Hillary Clinton, Barack Obama y John McCain en
medio de sus debates electorales para sospechar que ninguno de ellos
aprendió la lección de Kennedy.
Pese a ser uno de los tiranos más sangrientos del mundo
contemporáneo, Castro ha sido ampliamente elogiado por los políticos
y los intelectuales latinoamericanos. Un elogio en muchos casos cínico
porque, si de la boca para afuera tantos dirigentes de nuestra región
dicen ver en Castro a un nuevo Robin Hood, cuando ellos no votan con la
boca sino con los pies no se van a La Habana sino a Miami.
El giro
Durante medio siglo, gracias a Castro, a tantos dirigentes
latinoamericanos y a los propios gobernantes norteamericanos, la
relación entre América latina y los Estados Unidos no ha sido
presentada a nuestros pueblos como una oportunidad de progreso, sino
como "la madre de todas las batallas". Esta visión maniquea,
¿perdurará después de Castro?
Hugo Chávez, autoproclamado sucesor de Castro, así parece pensarlo.
Pero a él le cabe quizás esa genial profecía de Marx según la
cual en la historia, cuando la tragedia se repite, se convierte en
farsa. Castro fue la tragedia. Chávez, ¿es la farsa?
Algunos datos permiten, al menos, sospecharlo. Una ambivalencia parece
posarse en efecto sobre el continente americano. Hay todavía
políticos a la manera de Chávez que especulan con la posibilidad de
continuar la gesta antinorteamericana. A ellos los ayuda la ceguera de
los candidatos demócratas norteamericanos cuando, quizá porque
están en campaña, proponen revisar los acuerdos de libre comercio
entre el Norte y el Sur que se están gestando, como en los casos de
Colombia y Perú, o incluso los que ya llevan casi dos décadas de
éxito innegable, como en el caso de México. En esto los candidatos
demócratas imitan a los populistas latinoamericanos actuando como los
teros, porque es donde no gritan que construyen sus nidos.
La verdad continental corre por otro lado. Tanto en el Norte como en el
Sur, sobrevuela la retórica de los demagogos. Pero lo que ocurre más
abajo, en la realidad, es que los lazos entre los Estados Unidos y
América latina no dejan de crecer. Crecen, eso así, en silencio,
como si el decir y el obrar corrieran por cuerdas separadas. La
ideología vocifera porque el mal hay que proclamarlo de viva voz ante
pueblos desinformados. El bien, empero, hay que hacerlo en silencio. En
su dualidad, el antiamericanismo latinoamericano y el proteccionismo
norteamericano van de la mano. Por detrás de ellos empuja,
incontenible, la tan denostada globalización. China es nominalmente
comunista, pero su comercio con los Estados Unidos es aplastante,
mientras el inmenso ahorro de su gobierno se vuelca hacia los bonos del
Tesoro norteamericano.
Aunque sea sigilosa, esta dualidad es tan poderosa que algunos ya
piensan en Raúl Castro como en el probable introductor del modelo
chino en Cuba, con su mezcla de totalitarismo político y capitalismo
económico, como el signo de una nueva época, como el giro que asoma
por detrás de Fidel Castro.
¿No sería mejor que los políticos de uno y otro lado confesaran
que ya no gobierna la ideología sino el pragmatismo? El sinceramiento
de los políticos del Norte o del Sur, del Este o del Oeste, sería
para unos un soplo de aire fresco pero, para otros, sería una señal
inaceptable de ingenuidad.

Por Mariano Grondona

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