El sueño de Diosco



El sueño de Diosco
Miércoles, Julio 4, 2012 | Por Frank Correa

LA HABANA, Cuba, julio, www.cubanet.org -Dioscorides Cisneros acaba de vivir un sueño que duró siete días. Su hermana vino de visita a Cuba, luego de diez años en el exilio. Alquiló un auto y lo llevó a pasear por toda la isla.

Diosco, como le llaman de cariño, es albañil en un contingente de la construcción que labora levantando y reparando hoteles para el turismo extranjero. Siempre se ha quejado de que el Estado lo esquilma con sus bajos salarios y la intensa jornada de trabajo. Para colmo, después que terminan la obra, no les permiten disfrutar la instalación que con tanto esfuerzo y sacrificio han erigido.

Diosco siempre ha tenido un sueño, que lo asiste mientras bate la mezcla, carga los vagones llenos de arena y piedras, corta las cabillas, o descansa después del almuerzo, a la espera de que suene la campana que anuncia el inicio de la jornada laboral. En su sueño, un “yuma” (extranjero) se le para delante y le dice: “Traba, Diosco, una tabla en fao (cien dólares)”.

Su hermana, que es traductora de francés y ruso, al regresar de un viaje de trabajo, se exiló en Canadá durante una escala. Pero no le fue bien allí, ni en Milán, ni en Barcelona. Hace tres años, se radicó en Suecia, donde se casó y formó una familia. Recientemente, pudo al fin visitar la patria y hacer realidad el sueño de su hermano. Le dio cien cuc para que fuera al mercado a comprar comida.

Después de la fiesta de bienvenida, y de las ropas nuevas, el reloj y los zapatos de marca, que transformaron a Diosco en otra persona, la “extranjera” alquiló un Audi, que, según palabras del albañil, parecía una nave espacial. Y partieron como una exhalación por la autopista nacional, rumbo a Varadero, Cienfuegos, Tope de Collantes, Marea del Portillo, Santiago de Cuba, Guantánamo, Baracoa…

Cuenta el albañil que durmieron en casas rentadas que parecían hoteles, y comían en los mejores restaurantes, visitaron las mejores playas y los mejores centros nocturnos. Incluso, Diosco encontró novias en varias provincias.

“Nunca imaginé que Cuba fuera tan grande”, comenta ahora el albañil, parado en la esquina, mientras intenta vender el reloj que su hermana le trajo de regalo.

El reloj es suizo. Y dice su Hermana que costó cien dólares. Pero Diosco sabe que no puede venderlo a ese precio. Ningún cubano le dará una tabla en fao por él. Comenzó pidiendo veinte cuc, luego bajó a quince, y ahora dice que si aparece un loco que le dé diez, se lo va a meter por la cabeza.

Su hermana prometió que el año próximo volverá a Cuba. Mientras tanto Diosco ha regresado al cemento, al vagón de arena, a la cabilla, a la espera que su sueño se haga realidad otra vez.

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