Un muerto y, ¿después?



Un muerto y, ¿después?
Jean-François Julliard, Secretario General de Reporteros sin Fronteras
Benoît Hervieu, despacho de las Américas de Reporteros sin Fronteras

PARIS, Francia, febrero (www.rsf.org / www.cubanet.org) -Orlando Zapata
Tamayo tenía 42 años. Miembro del Directorio Democrático Cubano, una
organización civil ilegal, fue arrestado en 2003 y condenado por
"desorden público". En protesta por las condiciones de su detención,
estaba en huelga de hambre desde hacía 80 días; murió el 23 de febrero
de 2010.

Orlando Zapata Tamayo fue encarcelado el mismo año que el "grupo de los
75", número de disidentes, periodistas y activistas en favor de la
democracia y de los derechos humanos arrestados en una ola de represión
conocida como "Primavera negra". Nuestro corresponsal, Ricardo González
Alfonso, es uno de los 19 periodistas que aún en prisión, que fueron
detenidos en esta época.

Un muerto. Y 200 prisioneros políticos. La voluntad de apertura de Raúl
Castro al comienzo de la sucesión dinástica fue bien anunciada. Los
acercamientos diplomáticos, la firma de dos pactos de la ONU sobre los
derechos civiles y políticos, el levantamiento de las sanciones
políticas de la Unión Europea, el retorno al diálogo con Washington tras
la investidura de Barack Obama, los signos parecían prometedores tras
años de política de aislamiento encarnada por un embargo absurdo,
injusto para los cubanos, pero útil para el régimen.

Mientras que las autoridades de La Habana se movilizan al máximo por
cinco de sus funcionarios detenidos en Estados Unidos, tras haberles
olvidado durante nueve años, los prisioneros de la isla esperan… o
mueren. Unos bajo el merecido título de "héroes"; otros, bajo el
oprobio de "contrarrevolucionarios". Así, una tiranía agonizante que
precipita su caída sin honor. Primer y no único escándalo.

El otro escándalo es el silencio, de la complacencia. Más grave aún:
aquellos mismos que combatían la dictadura en su país, no encuentran
aparentemente nada a decir sobre lo que le pasa a Cuba desde hace 50
años. En Cancún, México, América Latina intentó establecer una
organización interregional más allá de la tutela de Estados Unidos que
tanto mal le ha hecho. Es afortunado y deseable, la democracia
latinoamericana avanza en la búsqueda de una unidad, toma cuerpo en una
verdadera alternancia electoral, la reconquista de recursos largo tiempo
usurpados, pero también el examen de un pasado doloroso. En Argentina,
Bolivia, Uruguay, incluso en Brasil, encontramos archivos de otras
épocas dictatoriales. En dondequiera se condena el golpe de Estado en
Honduras, su legalización por un sufragio dudoso, la represión desatada
contra los periodistas de oposición y los defensores de los derechos
humanos. Ahora, a este grupo de países latinos, Cuba se suma sin rendir
cuentas. Peor aún, nadie se las reclama.

La democracia marca ciertas pautas, pero una curiosa excepción dispensa
a Cuba de ellos. Lo dirigentes cubanos tomaron el poder por la fuerza,
nunca fueron elegidos. Cierto, derrocaron una dictadura y dieron a luz
una "revolución". La palabra es un argumento y parece bastarse a sí
misma. Por otra parte, América Latina, donde se celebran ahora
revoluciones por las urnas y las libertades fundamentales se adquieren
integralmente, la contradicción es evidente, pero el símbolo cubano
impone no decir nada. Nada de los prisioneros políticos. Nada de la
represión contra las opiniones disidentes o una información plural. Nada
de las prohibiciones de salir del territorio.

Sindicalista y víctima de los militares en el pasado, el presidente
brasileño Lula, ¿no tiene realmente nada que decir cuando un opositor
cubano muere en prisión? Él podría. Debería. Pero en Cuba, tratándose de
la "revolución", se prohíben todas las injerencias y se autorizan todas
las hipocresías. La liturgia del régimen hace el resto. Criticar el
Estado cubano y su funcionamiento es insultar el país y se convierte en
una maniobra emprendida por Estados Unidos. Denunciar la encarcelación
Ricardo González Alfonso o la muerte de Orlando Zapata Tamayo, es
defender a "un mercenario del imperio" que quería reescribir la
historia de Bahía de Cochinos. Otorgar el prestigioso premio español
Ortega y Gasset, a la bloguera cubana Yoani Sánchez, es urdir un complot
motivado por la nostalgia colonial. Preguntar cuándo los cubanos podrán
al fin elegir a sus dirigentes, es olvidar que Gran Bretaña y Suecia son
monarquías.

Irrisoria mala fe de un régimen que no puede más que insultar para
defenderse o invertir el estigma para reivindicarse. Un régimen a veces
atacado de mala manera y defendido por malas razones. Víctima de esos
mismos que creían conjurar el fin. Como si el país debiera desaparecer
al mismo tiempo que su actual Consejo de Estado. Sin embargo, la
evidencia está allí. Habrá Cuba después de Castro, y habrá que contar
con los disidentes de ayer. El país rendirá el homenaje que merece a
Orlando Zapata Tamayo.

Noticias/Cuba Un muerto y, ¿después? (26 February 2010)
http://www.cubanet.org/CNews/y2010/feb2010/26_C_1.html

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