Si Fidel tiene algo que ver con un dictador, que bueno serían los dictadores.
- From: periodistalibre@xxxxxxx
- Date: 6 Aug 2006 10:12:54 -0700
Fidel Castro: Un testimonio --
Theotonio Dos Santos,
Argenpress --
Fidel Castro es el dirigente político en el poder por más tiempo en
todo el mundo. Me acuerdo de un cargador de maletas en el aeropuerto de
la Habana que, en los años ochenta, insistía en probarme que Fidel
era el mayor líder de toda la historia. Citaba a Lenin, a Stalin, a
Roosevelt, a Miterrand, a varios otros que conocía y había estudiado.
A todos le ganaba Fidel por su profundo contacto con su pueblo, por la
dimensión del desafío que representaba una pequeña isla como Cuba
desafiar al mayor poder en el mundo. Jamás se le ocurrió a él, como
a la mayoría de la población cubana, posiblemente la más politizada
en todo el mundo, ver en Fidel una expresión de violencia, de
imposición, de dictadura.
Sin embargo, en gran parte del mundo occidental, se ve en la prensa
diaria una imagen totalmente distinta de Fidel. Siempre amenazador,
siempre delirante, siempre dispuesto a defender las causas contrarias a
Estados Unidos, siempre dispuesto a mantenerse en el poder sin
límites. Cuantas cosas terribles se le atribuye, y si tu dices algo en
contra te achacan con tantos adjetivos y descalificaciones que pareces
un extra terrestre. Te cortan el micrófono, suspenden tu entrevista en
la tele, te retiran de las columnas de la gran prensa y así
sucesivamente.
He acompañado en detalles la revolución cubana desde mi juventud. He
leído sus discursos desde Sierra Maestra. He estudiado todas sus
declaraciones. He convivido con personas que fueron a ver la
revolución cubana desde su cuna. Hasta que, mucho más tarde, por
razones varias, lo vine a conocer personalmente en el Chile de la
Unidad Popular. Desde entonces fueron muchas las oportunidades en que
lo traté más directamente. No sé si puedo decir que soy su amigo
pues hemos estado siempre en conversaciones políticas aún cuando en
ambientes restringidos Pero tengo un sentimiento de tener en él un
compañero de luchas, un compañero atento y siempre muy educado, muy
sensible, muy preocupado con sus compañeros y amigos, con las personas
en general y con la humanidad como un todo.
Si Fidel tiene algo que ver con un dictador, que bueno serían los
dictadores. He conocido a muchos políticos de varias orientaciones,
fuera y en el poder. Ninguno tiene o tuvo la profundidad intelectual y
la dimensión humana de Fidel Castro. Ninguno logra mantener el estudio
sistemático de un problema por horas y horas en todos sus detalles y
en todos sus aspectos como Fidel. Ninguno es capaz de mantenerse en una
reunión académica por algunas horas, mucho menos por varios días en
varias horas diarias (desde las 9 de la mañana hasta las 12 de la
noche como lo he visto mantenerse en varias oportunidades). Y si es
verdad que cuando toma la palabra es muy difícil detenerlo, escucha
también, anota, responde exactamente lo que se le pregunta y tantas
otras manifestaciones de respecto humano y de consideración al trabajo
intelectual. Pero sobretodo es el único político a nivel de jefe de
estado que admite debatir abiertamente con los que divergen de sus
puntos de vista. Ciertamente ningún dirigente democrático que conocí
tiene esta cualidad. En realidad, es el único que la practica
ampliamente, con pasión y rigor, con autenticidad. Debo corregir:
está surgiendo un nuevo líder político con esta calidad. Tratase de
Hugo Chávez. A ver si logrará mantenerla por tanto tiempo. Hasta los
ochenta años como Fidel Castro. Creo que es el primer discípulo de
Fidel con esta característica que explica en gran parte su larga
permanencia en el poder.
Me extraña también que Fidel no se dirija a sus subordinados con
palabras de bajo calibre y con órdenes impositivas, como ocurre en las
democracias a varios niveles. Cuantas veces he escuchado explicaciones
de amigos en el poder de que de otra forma no serían respetados. He
convivido mucho con subordinados a los cuales le gusta la imposición
del superior como forma de escapar de las responsabilidades, como
oportunismo y "carrerismo" . Seguramente hay mucha gente así en
torno a Fidel. Pero él no parece necesitar de la violencia verbal para
imponerse. Cuentan amigos que vivieron los períodos iniciales de la
revolución cubana muy cerca de él y de los dirigentes revolucionarios
que sus discusiones eran violentísimas y apasionadas. Se puede
imaginarlo en el medio de las tormentas revolucionarias donde se toman
decisiones radicales sin saber exactamente sus consecuencias. He visto
debates violentos entre los sandinistas, hasta sobre temas tan
aparentemente distantes de la revolución como por ejemplo el rol de la
rima en la poesía. Ver aquellos hombres y mujeres armados discutiendo
las orientaciones de los talleres de poesía con tanta pasión parecía
algo surrealista. Pero no había violencia de palabras, el uso de los
palabrones, intentos de imposición irracional. Así imagino yo los
debates del período inicial de la revolución que no pude compartir.
Me acuerdo de las pasiones que, aún en el Chile tan comedido y
"británico", se producían durante el proceso revolucionario de
1970 a 1973 en los cuales participé intensamente.
Con el tiempo, Fidel fue creciendo entre los revolucionaros y quizás
muy pocos se atreverían a contestarlo. Pero cuantas veces él mismo
asumió la autocrítica, como en el fracaso de la cosecha de los 10
millones de toneladas de azúcar en 1967. Era magnífico verlo frente a
más de un millón de cubanos en la plaza pública asumir todas las
responsabilidades del fracaso y, en seguida, poner su cargo a
disposición de su pueblo. Nunca he visto nada similar e mis 50 y
tantos años de experiencia política.
Un sentimiento de debilidad de su poder personal quedó en mi mente
cuando en 1985 lo invité a participar en el Congreso Latinoamericano
de Sociología que organicé en Brasil. Eran evidentes sus ganas de
estar presente. Controló sus ganas de participación cuando le propuse
la creación de una gran revista de ciencias sociales en la región con
el apoyo de Cuba. Le pareció una gran idea y designó dos
representantes suyos en una reunión al día siguiente en la cual
asistí espantado el director del Centro de América Latina rehusar la
idea bajo el pretexto que la revista de su instituto cumplía este
papel. Nunca hablé con él sobre este asunto pero esta fue una
lección muy fuerte sobre los límites de su poder.
Esta misma impresión tuvo un cura que participaba en las gigantescas
reuniones sobre la deuda externa que se realizaron en Cuba en la misma
época. Este cura, con el sentido de poder burocrático que todo clero
tiene, tomó la palabra para decirle que extrañaba como él podía
dirigir autoritariamente un país como Cuba si hace varios días
participaba todo el tiempo en reuniones maratónicas de una asamblea
permanente que operaba de las 9 de la mañana a las 12 de la noche.
"No veo a nadie pasandole mensajes y recibiendo órdenes. Entonces
¿quién gobierna este país?" Preguntaba espantado.
Me acuerdo que en esta oportunidad, en conversaciones bien íntimas
Fidel me decía que estaba volcado básicamente para el estudio de los
grandes problemas mundiales y nacionales mientras que las tareas de
gobierno estaban en manos del partido, de las asambleas populares y de
las nuevas generaciones. No creo que pudo mantener esta postura por
mucho tiempo. En 1989 los rusos tiraban por el suelo aquellos acuerdos
que Fidel describiera en las reuniones de la deuda como el nuevo orden
económico mundial que Cuba había conseguido establecer con los
países socialistas.
Pero en medio de toda esta responsabilidad local e internacional, era
impresionante ver a Fidel, algunos meses antes, encerrar su
participación en una de estas reuniones de la deuda para asumir la
dirección personal de la ayuda de Cuba a México por ocasión del
terremoto violento que sufriera este país. Ahí, una vez más, el
pueblo cubano ejercía su solidariedad revolucionaria bajo el liderazgo
de su dirigente máximo. Me acordaba de la voz de Allende en el gran
terremoto de 1971 en Chile. Voz que nunca había escuchado de otros
dirigentes en ocasiones similares. Pero más impresionante aún era
escuchar la voz de un dirigente levantarse para apoyar a los ciudadanos
de un país hermano.
¿Donde está el dictador? En el comportamiento, en el poder
incontestable, en el sectarismo, en la intransigencia, en el
oscurantismo intelectual, en la distancia con su pueblo, en el no
respecto a las reglas de la más democrática constitución ya
realizada hasta la constitución venezuelana que también fue
discutida, como la de Cuba, con toda la población y votada después de
terminada por el parlamento? Democracia es poder del pueblo y confieso
que no conozco otro país donde este poder es ejercido diariamente por
la población como en Cuba. Donde los diputados de la Asamblea popular
se sienten tan responsables por la vida de su pueblo como mi amigo
diputado popular que me invitó a su ciudad al lado de Habana y se puso
blanco de vergüenza por que había un hoyo en las calles de su ciudad.
Por lo cual se sentía responsable después de las varias reuniones que
habían realizado en el vecindario sin lograr resolver el problema
porque, después que lo tapaban, el hoyo volvía a abrirse.
No me vengan a decir que estoy ocultando los problemas de Cuba. Lejos
de mí tal cosa. Tengo gran conciencia de ellos y les garantizo
lectores que si alguien está consciente de ellos es Fidel Castro.
Nunca lo sentí ocultarlos. Por el contrario, me acuerdo especialmente
de la larga conversación con él y el gobernador de Río, Anthony
Garotinho, en 2000 sobre el fenómeno de la pobreza en Cuba, tema que
él estaba estudiando con un equipo de millares de jóvenes con la
pretensión de realizar una intervención definitiva en el problema.
Era tal su entusiasmo sobre su movilización de fuerzas en esta
dirección que el joven gobernador se veía cansado mientras el viejo
revolucionario continuaba preguntando sobre las experiencias de las
políticas sociales en Río de Janeiro y contando sus experiencias
sobre un fenómeno cuya extensión en Cuba él desconocía hace poco.
Tendría tanto que contar sobre mi compañero Fidel Castro. Quiero
hacer este testimonio incompleto pero muy sincero por ocasión de sus
80 años. Mas importante aún es hacerlo en el momento de su operación
que espero podrá superar bien. Hablo del más grande personaje del
Siglo XX que tiene mucho que dar al siglo XXI con este gran movimiento
que se dibuja en Cuba en este momento bajo el título general de la
Batalla de las Ideas. Abrir Cuba hacia el más profundo debate
intelectual que un pueblo haya jamás realizado. Garantizar la
educación universitaria para toda la población. Transformar Cuba en
el más culto y consciente pueblo del mundo. Acordémonos que Latino
América tuvo dos experiencias fantásticas en este sentido: los casos
de Costa Rica y del Uruguay que alcanzaron índices altísimos de
educación, calidad de vida y paz durante los años de estado de bien
estar. Pero ninguno de ellos lo hizo cercados y atacados por el más
grande poder económico y militar del mundo. Cuba lo puede hace por que
realizó una revolución profunda y porque tiene un líder excepcional.
Estoy de acuerdo con el cargador de malas del aeropuerto de La Habana.
Que honor desfrutar de su admiración tantas veces manifestada y - sí
lo merezco - de su amistad.
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