El alma no está en venta .....En la inauguración de la Sala Universal de Arte Antiguo del Museo de Bellas Artes, Fidel desmintió que Cuba hubiera vendido la colección de invaluables piezas que el Conde de Lagunillas donara en 1960 al patrimonio nacional. JR dialogó con el historiador William Gattorno Rangel, poseedor de cartas originales e inéditas de este hombre



El alma no está en venta

En la inauguración de la Sala Universal de Arte Antiguo del Museo de
Bellas Artes, Fidel desmintió que Cuba hubiera vendido la colección
de invaluables piezas que el Conde de Lagunillas donara en 1960 al
patrimonio nacional. JR dialogó con el historiador William Gattorno
Rangel, poseedor de cartas originales e inéditas de este hombre


Luis Hernández Serrano


Cuando Fidel inauguró el 19 de julio de 2001 la colección universal
del Museo Nacional de Bellas Artes, en el antiguo Centro Asturiano de
La Habana, a un costado del Parque Central capitalino, respondió con
firmeza a un falso rumor de Miami.


Alguien en esa ciudad norteamericana había dicho que las obras más
valiosas de la referida colección se habían vendido, y el Comandante
en Jefe aclaró en su discurso que solo los acostumbrados a vender su
alma creen que una Revolución cuyo mayor principio es la justicia,
puede vender el alma de la cultura de la Patria.

El líder cubano puso de manifiesto aquel día su sentido justiciero al
evocar a Joaquín Gumá y Herrera, conde de Lagunillas, quien donara al
país en 1960 su fabulosa colección personal de arte antiguo de
Egipto, Grecia y Roma.

La valiosísima colección fue exhibida por vez primera en Cuba en el
antiguo Palacio de Bellas Artes, el 30 de mayo de 1956, hace 50 años.
El conde no quería que a su muerte, acaecida en su Patria dos décadas
después, surgieran reclamaciones sobre obras que expresamente deseaba
que formaran parte del patrimonio de la nación.

Justamente sobre ese conde nos habla el licenciado en Historia William
Gattorno Rangel, de Guanabacoa, en Ciudad de La Habana.


«Joaquín Gumá y Herrera no era un noble cualquiera, sino el VII y
último marqués de Casa-Calvo, y también el VI y último conde de
Lagunillas. Ninguna de esas dignidades nobiliarias fue comprada».

William, quien atesora muchas cartas originales e inéditas de Gumá y
Herrera y algunas piezas antiguas que le obsequiara en vida, recuerda
que era, además, abogado, diplomático, un distinguido arqueólogo
perteneciente a varias instituciones extranjeras de esa rama
científica, descendiente del poeta Manuel de Zequeira y Arango y primo
del hispanista y humanista José María Chacón y Calvo.

El título condal de sus cinco antecesores fue establecido por real
decreto de Carlos III, el 9 de noviembre de 1774, y se casó en La
Habana el 2 de septiembre de 1939 con la también habanera doña María
de la Caridad López y Serrano, todo ello consignado en el libro
Dignidades Nobiliarias Cubanas, del cubano Rafael Nieto y Cortadellas,
de Ediciones Cultura Hispánica, en 1954.

LAS CARTAS

William guarda como oro las cartas del conde, que firmaba de su puño y
letra, con tinta, como Joaquín Lagunillas, sin apelar a su abolengo.

Cuenta Gattorno que en la misiva del 29 de julio de 1975, el Doctor
Gumá explica que fue de niño, con 12 o 13 años, que se interesó por
el arte antiguo, al punto de que con masilla copiaba de fotos y libros
algunas piezas egipcias y que poco a poco se fue enamorando también
del arte griego y romano.

EL PRIMER ENCUENTRO

«Conocí al conde por mi amiga pintora María Lamarque y Planes, quien
me dio una notica de presentación para que fuera a visitarlo a su
casa, en la calle 5ta. Avenida número 2010, en Miramar. A ella me
llevó otra mujer interesante, Rosita Rivacoba de Marcos, esposa del
periodista Miguel de Marcos.

«Lo visité varias veces. Era un hombre alto, muy distinguido, de
perfil griego, impecable en el vestir. No lo vi nunca en mangas de
camisa. Tenía una serenidad de lord y un estilo de caballero español.
¡Y no se fue de Cuba! Tenía una aureola, un karma... Solo en Grecia
había estado más de cien veces, eso lo supe después. Me preguntó
por familias amigas de Guanabacoa.

«Nos asombramos mutuamente, él ante mi interés y yo ante su
personalidad. Y me dijo algo increíble: "Es usted la primera persona
de su edad que se interesa por un linaje en extinción".

«Recuerdo que yo hablé menos que él, por sugerencia no solo de la
pintora María, sino de mi madre, Jorgelina Rangel Meneses, quienes me
recomendaron que yo tenía, sobre todo, que escuchar. Que no debía
permanecer mucho tiempo ante él, pues no había sido anunciado antes,
pero me acogió durante más de una hora, y varios días más tarde me
mandó a decir que le escribiera».

Dice William que el cartero comentaba cómo era posible que existiera
un «americano» (¡ese era yo!) que recibiera cartas de un conde.
Cuando eso yo vivía en Jústiz 302, altos, en Guanabacoa, frente a los
Baños de Santa Rita.

SU MUERTE

Argumenta William que una tarde del verano de 1983 recibió una llamada
telefónica comunicándole que el Doctor Joaquín Gumá y Herrera
había muerto. «Lo evoqué en tantas cartas, conversaciones, tertulias
en la casa de Dulce María Loynaz... Era un hombre cubanísimo, que no
había sido comprendido por sus contemporáneos.

«Era ignorado en los cursos de Historia del Arte de la Universidad de
La Habana, de 1972-1977 en los años en que yo estudié. La ignorancia
provenía de cómo era posible que un noble de tanto linaje aceptara la
Revolución. Sin embargo, constantemente velaba por la conservación de
las piezas de su colección, tan valiosa para el país. Fidel elogió
en un instante crucial ese gesto de su donativo. Poco tiempo antes, el
Jefe de la Revolución había planteado que lo primero que había que
salvar era la cultura.

«Muere en su casa, muy enfermo. Una afección ósea muy penosa y
terrible lo llevó a un sufrimiento final que no se merecía. Su duelo,
en el cementerio de Colón, fue despedido por monseñor Gaztelu. Era un
hombre ignorado y olvidado, hasta que Fidel lo mencionó en 2001.


«Su colección de arte antiguo fue prestada antes por él, y exhibida
en los más famosos museos de Nueva York, Londres y París. Haberla
donado a la cultura cubana es un verdadero privilegio en una nación
donde, en general, la burguesía no hacía donaciones, sino que
ejercía solo el egoísmo y aspiraba nada más a su placer estético
familiar y personal».

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