Se cuenta que cuando Miguel de Unamuno fue condecorado por el rey Alfonso XIII, lo agradeció diciendo: «Gracias, Señor, por entregarme la cruz de Alfonso XII, por este honor que tengo tan bien merecido».



La podadora

José Aurelio Paz


Y estoy tan diferente que no tengo jardín/
Y ya compré una podadora...
Ricardo Arjona

Se cuenta que cuando Miguel de Unamuno fue condecorado por el rey
Alfonso XIII, lo agradeció diciendo: «Gracias, Señor, por entregarme
la cruz de Alfonso XII, por este honor que tengo tan bien merecido».

El Rey, entonces, respondió extrañado: «Me sorprende que digáis
esto. Las demás personas a quienes he concedido la cruz me han
asegurado no merecerla».

A lo cual Unamuno replicó: «¡Y tenían razón, majestad!»

Una enfermedad que compite por estos días postmodernos con el Sida o
el cáncer, y es tan o más peligrosa en tanto enferma el alma, es la
inmodestia. Estamos viviendo lo que llamaría yo el mal del pavo real,
sobre todo en algunas zonas del sector intelectual cubano que no se da
cuenta de que la vida es solo un proceso de aprendizaje personal en el
cual, si no somos capaces de asimilar los éxitos de manera natural,
acabamos suicidándonos, con una botella de fatua euforia atada al
cuello, en un mar del peor refresco gaseado.

Sin ser absoluto, algunos jóvenes de hoy, apenas con un barniz
intelectual de pura carpintería, se creen dioses. Baste que un cuento
gane un concurso municipal, una pintura sea seleccionada para un salón
de Casa de Cultura o un artículo periodístico clasifique en algún
certamen territorial, para que crean tener a Dios tomado por la barba.
Frágiles Ícaros que quieren volar alto sin tener el sustento de unas
fuertes alas. Gorrioncillos con pretensiones de águilas.

Solo dejando atrás el tonto lastre de la vanidad y aprovechando el
valioso resultado que trae consigo siempre toda renovación -suma y
desprendimiento que nos hace mejores personas-, llegaríamos a la
cumbre desde la cual, si miráramos al suelo, sentiríamos que estamos
muy alto. Mas, si mirásemos al cielo, veríamos que somos, apenas, una
hormiga.

Y aclaro que estas reflexiones no llevan el ánimo de lacerar a nadie
sino de escrutarnos a nosotros mismos, lejos del amor a lo Corín
Tellado por el adjetivo absurdo y de esa arrogante inmodestia con que
nos travestimos delante de todos para hacer valer solo la manera verbal
del YOsotros. Echemos, pues, a un lado el anginoso sentimiento de
éxito que aniquila y mata y contra el cual, todavía, los científicos
no han logrado inventar vacuna. Dejemos de sustituir nuestro común
nombre por el de MODESTIA APARTE en falso alarde, en ala hueca.

Afirmaba el gran compositor francés, Maurice Ravel, que: «la ciencia
es universal: el arte, nacional; la necedad, nacionalista». Y no
dejaba de tener razón. Cuando miramos hacia las figuras cumbres de
nuestra literatura y nuestro arte, de nuestra intelectualidad política
que contó con un Juan Marinello o un Blas Roca, nos damos cuenta de
que fueron tejidas con la luz cromática de la humildad; ese crisol que
parte de la vocación de siervo y nunca de señor feudal. Asunto este
que, junto al talento, les hace más grandes a nuestros ojos y calan
más profundo en nuestro espíritu sin necesidad de que lo hubiesen
planificado o previsto.

Por estos días, también he recordado otra anécdota. (En definitiva,
que estamos hechos de ellas y a los cubanos nos encantan). Es aquella
en que se cuenta que, en cierta ocasión, el decimonónico compositor
de origen alemán, conocido como Johannes Brahms, fue invitado a cenar
por un admirador quien se jactaba de tener una de las mejores bodegas
del país.

Sentados a la mesa, el anfitrión, descorchó una botella que contenía
un vino añejo y, mientras le servía, dijo: «Este es el Brahms de mis
vinos». Mas, a pesar de sentirse altamente halagado, y tras catarlo
con delicado gesto, el maestro hizo gala de su modestia: «Es
excelente, pero me gustaría, siempre y cuando sea posible, probar otro
mejor; un Beethoven, por ejemplo».



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