*Estados Unidos necesita psiquiatras - En cualquier caso, alarma saber que, según esos análisis efectuados por la propia Casa Blanca durante el gobierno de Bill Clinton, cuyos resultados, temo, se hayan agravado después de varios años con Bush al frente del gobierno, y a los que habría que sumar el certero diagnóstico psiquiátrico de Robert Jensen que publicara Rebelión, veinte de los cien senadores que, aproximadamente, tiene Estados Unidos padecen problemas mentales
- From: "trabaninoscar@xxxxxxxxx" <trabaninoscar@xxxxxxxxx>
- Date: 15 May 2006 09:58:18 -0700
Cronopiando
Estados Unidos necesita psiquiatras
Koldo
Rebelión
Días atrás Rebelión presentaba una muy atinada exposición de Robert
Jensen, profesor de periodismo de la universidad Texas, sobre el escaso
juicio de la sociedad estadounidense, sus trastornos narcisistas y las
secuelas que semejantes anomalías provocan.
Y en apoyo a su bien documentada tesis, el autor recogía algunos
puntuales ejemplos en las personas del propio presidente y otros altos
funcionarios del gobierno, tanto en relación a sus palabras como a sus
actos, y con el agravante de que siguen diciendo y haciendo los mismos
trágicos dislates.
Cuando lo leí, recordé un estudio efectuado por la Conferencia de la
Casa Blanca sobre Salud Mental publicado en 1999 y que recogía
alrededor de 3 mil investigaciones, cuya conclusión no dejaba lugar a
duda alguna: uno de cada cinco estadounidenses padecía trastornos
mentales. Junto a ese dato, otro más llamó mi atención: las
enfermedades mentales eran la segunda causa de muerte en Estados
Unidos.
El estudio, al que por su origen parecía obligado conferirle cierto
rigor, no aclaraba cuál era el índice de mortalidad que provocaban
esos trastornos mentales fuera de los Estados Unidos, aunque la
"locura" estadounidense, sospecho, debe ser, no la segunda, sino la
principal causa de muerte, directa o indirectamente, en América
Latina, Asia y Africa.
En cualquier caso, alarma saber que, según esos análisis efectuados
por la propia Casa Blanca durante el gobierno de Bill Clinton, cuyos
resultados, temo, se hayan agravado después de varios años con Bush
al frente del gobierno, y a los que habría que sumar el certero
diagnóstico psiquiátrico de Robert Jensen que publicara Rebelión,
veinte de los cien senadores que, aproximadamente, tiene Estados Unidos
padecen problemas mentales; y que 100 congresistas de los alrededor de
500 con que cuenta aquel parlamento están mal de la cabeza. Enfermos
mentales a los que habría que sumar su 20 por ciento de militares
orates, jueces enajenados, alcaldes lunáticos, embajadores idos,
funcionarios chalados y banqueros vesánicos, en mayor o menor grado,
para no mencionar la clase artística.
Dolencias mentales que casi siempre tienen su acomodo en el bolsillo y
que, también explican el por qué de tantos niños pistoleros en las
escuelas ametrallando maestros y compañeros; o el trastorno
obsesivo-compulsivo que ha mantenido el bloqueo a Cuba durante más de
40 años; o los constantes errores y daños colaterales provocados por
la esquizofrenia militar estadounidense y la demencial ambición de sus
gobiernos.
El narcisismo estadounidense tiene en la ignorancia, entre otras
consecuencias para aquella sociedad y el resto del mundo, una de sus
más connotadas expresiones.
Esas encuestas que, generalmente, revelan lo que todo el mundo sabe y
descubren lo que a nadie le importa, más de una vez han puesto en
evidencia la supina ignorancia de la sociedad estadounidense sobre el
resto del planeta.
Muchos ciudadanos de aquel país descubrieron la existencia de Vietnam
el día en que sus aviones dejaron caer sobre el país asiático más
bombas que todas las lanzadas en la segunda guerra mundial. A Iraq la
encontraron en el mapa por los mismos motivos, los mismos que les
sirvieron para distinguir a Panamá de Colombia, y que les situaron en
Europa a la bombardeada Yugoeslavia.
Para el común ciudadano estadounidense, de Río Grande para abajo, no
hay nada, sólo indígenas subdesarrollados sin otro afán en la vida
que eludir sus controles y fronteras para poder disfrutar su genuino
sabor americano. Por ello es que Argentina hace frontera con Portugal,
que Nicaragua es la capital de Libia, y que los vascos, también
llamados checoeslovascos, son una tribu del norte de Africa que no
tiene petróleo.
Sus formularios verdes para quien se aventura a pasar por sus
aeropuertos, son una patética demostración, de hasta qué punto son
peligrosamente ingenuos y de hasta que grado consideran imbéciles al
resto de los ciudadanos. Preguntas del tipo de: "¿Es usted
narcotraficante? ¿Trae escondida droga en su maleta? ¿Se propone
asesinar a nuestro presidente? ¿Colaboró con los nazis durante la
segunda guerra mundial?" y cualquiera que haya pasado por la
vergüenza de rellenar las casillas de ese formulario con un "sí"
o un "no" sabe de que estoy hablando, son una palpable
demostración de su mental torpeza. Y no lo digo tanto por los muchos
hampones descubiertos en base a tan sofisticado procedimiento que,
honestamente, dudo haya habido alguno, sino porque, en cualquier caso,
esos formularios sólo se los aplican a los extranjeros que los
visitan, no a los residentes, cuando, curiosamente, Estados Unidos
tiene el récord del mundo de más presidentes asesinados a manos de
sus propios ciudadanos. Quizás por ello no detectaron al condecorado
militar estadounidense Mc Veigh y sus socios nazis antes de que volaran
por los aires el edificio federal de Oklahoma provocando cientos de
muertos y cuyo aniversario no goza del fervor del 11 de septiembre; o
al surtido inventario de ciudadanos blancos de irreprochables apellidos
y familias que diseminan ántrax o cartas-bomba o se suben a una azotea
de Austin, por ejemplo, para disparar indiscriminadamente sobre la
gente. Los mismos ciudadanos blancos de apellido anglosajón que
descargan su frustración a tiros en una hamburguesería, o forman
sectas religiosas y proceden a suicidarse en masa o a atrincherarse en
Waco, es otro ejemplo, y morir matando.
Una sociedad que sostiene el mito de una justicia impecable sobre la
base de que cualquier ciudadano puede demandar al ayuntamiento de su
ciudad por haber resbalado en una cáscara de banana tirada en la
calle, y que, sin embargo, 40 años después, sigue sosteniendo que el
magnicidio de John F.Kennedy fue cometido por un hombre perturbado, que
actuaba solo y al servicio de nadie, y que remite al año 2029 la
desclasificación de algunos, que no todos, secretos documentos sobre
el particular, 66 años más tarde de aquel crimen de Estado. La misma
justicia que resolvió de idéntica forma, los expedientes por los
asesinatos de Robert Kennedy o Martin Luther King, a manos de hombres
perturbados que actuaban solos al servicio de nadie. La misma justicia
que a Sam Bowres, uno de los jefes del Ku Kux Klan y acusado del
asesinato del militante por los derechos civiles Vernon Dahamer, entre
otros delitos, puso en libertad por "defectos de forma" en 1968 y
que, apenas ahora, ya anciano, va a comparecer finalmente ante un
magistrado. La misma justicia que puso en libertad sin cargos a
J.Simpsom, famoso jugador de rugby, tras el asesinato de su esposa. La
misma justicia que por "defectos de forma" puso en libertad al
terrorista cubano Virgilio Paz Romero luego de que éste y otros
cómplices volaran por los aires el vehículo en que se desplazaba por
Washington, junto a la Casa Blanca, el ex ministro de Allende, Orlando
Letelier y su secretaria, la estadounidense Moffitt. La misma justicia
que protege al terrorista cubano Posada Carriles, responsable del
asesinato de 73 personas, en 1976, al hacer estallar dos bombas en un
avión comercial cubano.
Razón tiene Robert Jensen, como la propia Casa Blanca en su
investigación sobre la salud mental de sus ciudadanos, cuando
señalan, además de la ambición o la falta de escrúpulos, la
enfermedad mental como causa de tantos atropellos y vejámenes.
Sólo así se explica que esa misma justicia pretenda erigirse en el
único tribunal con derecho a enjuiciar a sus ciudadanos sin importar
el país en que cometieran el delito, o un gobierno que pretenda una
ley internacional de obligada aplicación en todo el mundo, excepto en
su territorio.
El que una vendedora ambulante de helados en una pequeña ciudad de
Estados Unidos fuese despedida de su trabajo y traducida a la justicia
por no devolver los cambios a los niños que le compraban helados, o el
que un ciudadano de Milwauke haya ganado una demanda a una compañía
cigarrillera por haber contraído cáncer, sólo son tontas y
folclóricas muestras del mito de la justicia en ese país. El mito que
no alcanza, sin embargo, para sancionar y evitar la discriminación
racial, sexual o de clase; para evitar la vulneración de los derechos
humanos en otros países y el atropello a otros sistemas judiciales;
que faculta operaciones encubiertas, incluyendo secuestros, asesinatos
y campos de concentración, como Guantánamo, peores que los de los
nazis; que justifica la tortura en cualquiera de sus formas; y que
tolera y alienta el espionaje hasta de sus propios ciudadanos a los que
oye sus conversaciones privadas por teléfono y revisa su correo postal
o por internet.
Sólo así se explica que una sociedad que practica, como ninguna, la
pena capital frente a condenados que han esperado, como en el caso de
Karla Fayer, 15 años en el corredor de la muerte antes de ser
conducida a la silla eléctrica, que no ha tenido inconveniente alguno
en ejecutar a menores de edad, a retrasados mentales, en aras de esa
pulcritud de la que se dice abanderada, llegue al colmo de la
desfachatez negando a un condenado a la silla eléctrica su último
deseo: fumarse un cigarrillo, porque fumar es perjudicial para la
salud.
No son economistas lo que necesita Estados Unidos, el país más
endeudado del planeta, que puedan establecer cambios estructurales
capaces de mejorar la situación y devolver las esperanzas de una vida
mejor a millones de estadounidenses que viven de manera miserable, sin
empleo, sin futuro.
No son sociólogos lo que necesita Estados Unidos, que puedan ayudar a
la población a identificar sus problemas, a reconocer sus causas, a
buscarles solución.
No son educadores lo que necesita Estados Unidos, que puedan contribuir
a sacar del analfabetismo funcional a 200 millones de personas que, tal
vez puedan leer, escribir incluso, pero carecen de la facultad de
pensar porque se les ha amputado el juicio, la criticidad.
Son, sobre todo, psiquiatras lo que necesita Estados Unidos, enormes
contingentes de psiquiatras para que, desde el presidente hasta el
último ciudadano, puedan mejorar su salud mental, la misma que
reconocen estar perdiendo. Y muy especialmente para sobreponerse a los
tiempos que vendrán cuando el resto del mundo que no cabe en sus
mapas, recupere su lugar y los ponga a ellos en su sitio.
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