Un consejo para las dictaduras




POLITICA
Un consejo para las dictaduras

Jorge Olivera Castillo

LA HABANA, Cuba - Septiembre (www.cubanet.org) - Conozco muy bien a las
dictaduras. Tengo sus ruidos en mi memoria. El de las esposas y también los
del carcelero con sus candados, prestos a abrazar la puerta de hierro con la
fidelidad que suelen prodigarse los enamorados.

Me acuerdo de los gemidos del suicida que sacó sus vísceras para aligerar su
carga de desesperación. Se retorcía .El dolor era como el fuego consumiendo
su resistencia. El cuchillo, el arma usada para sacar si no el cuerpo al
menos el espíritu de aquel infierno. Un preso común, uno entre miles en
plena disposición de decirle adiós al hambre, a la violencia. Yo estaba
allí, con el uniforme gris y el calor azotándome con furia de día y de
noche. Bien lejos de la civilización y cerca de los angostos espacios de la
barbarie.

Con mis artículos el fiscal concibió una trama de conspiraciones y conductas
criminales. Unos análisis sin melindres, y libres del escrutinio de los
comisarios resultaron ser una cadena de traiciones a castigar de manera
ejemplarizante. Por cada cuartilla un azote de ofensas. Como culminación, el
cautiverio con sus espantos.

A las dictaduras no le gustan los consejos. Prefieren los elogios, el clima
de las tensiones, la perpetuidad de los conflictos, la crispación como
modelo de vida, y el terror en vigilia permanente.

En esas instancias absolutas el sosiego es una circunstancia ceñida a las
apariencias y al instinto de conservación, el perdón una moneda para los
dóciles, y la tolerancia una momia envuelta en las sombras de la desmemoria.

Se vive, pero con el policía sembrado en el pensamiento, con la moral
zurcida sobre el cuerpo agobiado por la tragedia y entre los retazos de la
ética que el miedo moldea a sus antojos.

Muammar Al-Gaddafi administra sus pozos de petróleo con el mismo celo que
las obediencias de sus gobernados. Disputarle la presidencia en las urnas es
un acto frívolo, una aspiración que podría acortar la existencia. Ser
disidente en Libia es difícil, diría que imposible.

En Zimbabwe, se intenta silenciar a la prensa libre con decretos y cárcel.
El partido que gobierna, lo hace desde 1980 mediante el fraude al pie de
urna, unido a otras maniobras completamente divorciadas de la transparencia.
La virulencia del discurso incentiva el fanatismo dentro de una sociedad
guiada por preceptos tribales, lo que acentúa la vulnerabilidad de los
críticos, muchos de ellos ajusticiados con aperos de labranza al mejor
estilo medieval.

Pedir a la dirigencia de Corea del Norte un plebiscito significa, con mucha
suerte, pasar una larga temporada tras las rejas. Un tiro en la sien sería
una respuesta de esperar por hacer tal petición en un país donde la palabra
disentir es una abstracción, un término borrado de los diccionarios que la
dinastía pone a disposición de sus vasallos. Con 60 años en el poder, el
Partido de los Trabajadores cuenta con el beneficio de una población que
tiene por hábito la prudencia. Hay paz en Pyongyang, tanta que parece un
cementerio.

Los represores birmanos no se quedan rezagados. Allí el Consejo de
Restauración de la Ley y el Orden conserva su filiación a las políticas que
discriminan a los objetores del status quo. Cientos han muerto por sacar a
la luz pública sus discrepancias con el régimen de fuerza. La brutalidad en
las cárceles es una de las características más notorias de un gobierno sin
legitimidad, opuesto a la clemencia y rival de la cordura.

De Cuba, es factible plasmar sobre el papel, un torrente de letras que
ilustran los horrores del totalitarismo. Puedo describir un acto de repudio,
esas coreografías que el Partido Comunista ofrece a los disidentes frente a
sus casas para flagelarlos con amenazas de muerte y vituperios.

Me resulta improcedente ensalzar la educación gratuita, las movilizaciones
con fines humanitarios, los miles de jóvenes graduados en las universidades,
el alto índice de médicos por habitante.

Todo esto es parte de la coartada para camuflar el Gulag con sus más de 300
prisioneros políticos y de conciencia.

El verdadero rostro de un país viene dado por el tamaño de su población
penal, la independencia de sus tribunales, el acceso sin restricciones a la
información y la posibilidad de mantenerse a salvo de la extrema pobreza.

No tengo motivos para aplaudir. Por arrojar luz sobre ese país oculto detrás
de las lisonjas fui a la cárcel. Me tratan como a un homicida desde que maté
al miedo con una decisión inapelable: escribir sin pedir permiso.

Sólo dispongo de sugerencias para esos regímenes que han cubierto de dolor a
miles de familias. Ábranse a la concordia, cierren las puertas del rencor y
abran las de las prisiones, no perciban la crítica como un efluvio maléfico,
acepten que es un derecho a disfrutar sin excepcionalidades y una razón que
fundamenta la legitimidad y la solidez de una nación.

Sé que las dictaduras suelen despreciar tales mensajes. Por mí no queda. La
historia no absuelve las intransigencias, muchos menos los fundamentalismos.
Contrariamente, los absorbe dejando en la memoria de los pueblos la huella
de la fatiga, el recuerdo de una esclavitud generosa en tormentos.

Hay otro consejo que quizás logre traspasar los muros de la impunidad. Por
supuesto no el mío, sino el Consejo de Derechos Humanos, la entidad que
sustituirá a la actual Comisión en el proceso de reformas en la Organización
de las Naciones Unidas. Las notas indican que se acerca un tiempo complicado
para los gobiernos que se niegan a acatar las recomendaciones de organismos
internacionales en cuanto a libertades civiles y políticas.

Habrá expulsiones y medidas de fuerza, si son necesarias. Todo consensuado y
con pruebas documentales del despotismo y sus víctimas. Un aviso, un golpe
de mazo que anuncia una nueva era donde las dictaduras deben acceder a la
democracia o recibir una cuota de desprecio proporcional a sus
arbitrariedades.



http://cubanet.org/CNews/y05/sep05/28a8.htm


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