Causas y efectos
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- Date: Wed, 31 Aug 2005 09:02:39 GMT
POLITICA
Causas y efectos
Oscar Espinosa Chepe
LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) - Latinoamérica, desde la
fundación de las repúblicas, ha sido terreno fértil para caudillos, y
"hombres fuertes". Una tradición nefasta que, junto a la violencia, tiene
raíces profundas en el pasado colonial.
Los caudillos y "hombres fuertes", con distintos disfraces, pero siempre
consustanciales a la fuerza y el militarismo, han utilizado la inestabilidad
política, económica y social frecuentemente presentes en nuestras sociedades
para mostrarse como personajes providenciales, a fin de hacerse del poder
absoluto y satisfacer la irrefrenable ambición de grandeza y mando que los
caracteriza.
En realidad, estos "mesías" no sólo han florecido en nuestro subcontinente.
En la políticamente correcta y experimentada Europa pueden recordarse
tristes ejemplos. Alemania e Italia son casos de la toma del poder absoluto
por aventureros apoyados en olas de entusiasmo popular, provocadas por una
desbocada demagogia, terror y exaltación de burdo nacionalismo.
En Alemania, como ahora en Venezuela, la mayoría de los ciudadanos,
defraudada por una democracia que dejó de lado legítimas aspiraciones y
golpeada por una crisis cruel de magnitud universal, apoyó en las urnas el
surgimiento del fascismo y más tarde, increíblemente para una nación tan
culta, se dejó conducir al desastre.
Estas verdades históricas demuestran que la existencia de las libertades de
expresión, reunión y asociación, así como el derecho de los ciudadanos a
elegir y ser elegidos en comicios libres, aunque son condiciones
indispensables para el establecimiento de la democracia, no resultan
suficientes para el sostenimiento de una sociedad plural, sana y
autosuficiente.
José Martí, real demócrata, ya lo afirmaba con preocupación a fines del
Siglo XIX: "La libertad política no ha podido servir de consuelo a los que
no ven beneficio alguno inmediato en ejercerla".
La acumulación de riquezas en un polo de la sociedad mientras en el otro se
amontona la precariedad, sin que los que sufren este mal tengan perspectivas
y oportunidades ciertas de encontrar salida a sus dramas, constituyen
fuentes de inestabilidad política y social; un ambiente providencial para la
revuelta y el surgimiento de "ungidos", que terminan conduciendo a los
pueblos al desastre.
En este contexto, resultan absolutamente reprobables las expresiones
recientes del pastor evangélico Pat Robertson, encaminadas a la supresión
física del Coronel Hugo Chávez Frías, como solución al problema venezolano.
La propuesta, de hecho anticristiana, más que irresponsable es ingenua al
tomar un efecto como causa. Además, como ha señalado el Washington Post,
constituye un regalo al totalitarismo; un nuevo argumento para promover
sentimientos ultranacionalistas y antinorteamericanos en el área.
Robertson se equipara así con el ex senador Jesse Helms, quien en su
momento, con oratoria agresiva y desenfocadas acciones legislativas, fue y
continúa siendo uno de los mayores soportes políticos del régimen de La
Habana.
Hugo Chávez Frías, fracasado militar golpista, no representa la causa de los
problemas venezolanos, sino un fenómeno producto de una crisis prolongada y
desatendida. Junto al hambre, la miseria, el desempleo, la falta de
educación, la corrupción, la marginalidad y otros azotes, constituye una
consecuencia de estructuras políticas, sociales y económicas caducas,
obstructoras de las legítimas aspiraciones del pueblo venezolano.
Esta problemática, también vigente en varios países del subcontinente y de
posibles consecuencias lamentables en el futuro, es insoluble por vías
violentas, que únicamente complicarían el panorama, creándose un ambiente
más favorable a los extremistas y seguidores del totalitarismo.
La experiencia demuestra que la democracia es muy difícil de obtener con
bayonetas y bombas. Son tiempos, no sólo en América Latina, de reformas y
tránsitos pacíficos a sociedades plurales, tanto en lo político como en los
planos económico y social, mediante la creación de oportunidades de progreso
para todos los ciudadanos.
La propia experiencia norteamericana en Japón así lo indica. Después de
finalizada la II Guerra Mundial, las políticas de reformas promovidas allí,
dirigidas a la distribución del ingreso de forma más justa y equitativa,
luego demostraron ser un factor de peso en el impresionante ulterior
desempeño y estabilidad de esa nación.
Son alentadoras las voces que en Estados Unidos de inmediato se levantaron
en protesta por las desafortunadas declaraciones del Reverendo Pat
Robertson. Altos líderes políticos y religiosos, reconocidos periodistas e
intelectuales y otras distinguidas personalidades han patentizado el rechazo
ante tamaño despropósito.
Quizás este lamentable incidente sirva para comprender la urgente necesidad
de vertebrar una nueva política hacia América Latina, más enfocada hacia la
solución de los problemas sociales y económicos de la región.
La política actual hace demasiado énfasis en asuntos relacionados con el
libre comercio, tema realmente muy importante, pero no el único. Asimismo,
algunos expertos consideran que los vecinos del Sur carecen de la debida
atención y prioridad en la agenda de la política exterior estadounidense. Es
una situación que debería cambiar. Son tiempos de reevaluación de la
coyuntura existente.
La experiencia del New Deal de la época de Franklin Delano Roosevelt
constituye un modelo que, ajustado a las nuevas circunstancias, podría
servir de base para el desarrollo de relaciones promovedoras de una era de
progreso y cooperación en América Latina en su conjunto.
El programa recientemente adoptado por el G-8, en un marco lógicamente
diferente, para coadyuvar a resolver la compleja situación de Africa también
podría ser tomado como referencia aprovechable.
El escenario latinoamericano urge de más atención, comprensión y, sobre
todo, solidaridad. La demora en actuar podría ser fatal.
http://cubanet.org/CNews/y05/ago05/31a10.htm
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