LOS GRASAS MONTONEROS NO SABEN DE PROTOCOLO Y NOS AVERGUENZAN...



"Kirchner no debería ignorar el protocolo", dice Enrique Quintana
 
Para el embajador, causa un grave daño..
"No hay nada peor que ser mal~educado y no guardar las formas", dice el
embajador Enrique Quintana, que, como director nacional de Ceremonial,
estuvo a cargo de los detalles de las asunciones de los presidentes
Alfonsín, Menem y De la Rúa. Quintana ocupó dieciséis puestos
diplomáticos en sus cincuenta años de brillante carrera.
"El señor Kirchner no puede jugar con la dignidad y la posición del
país, porque arriesga el destino de la Nación", dice Quintana, en
alusión al reciente desaire del Presidente con la reina de Holanda.
"Fue una grosería sin igual, algo nunca visto", agrega, sin poder
contener su enojo. Y explica: "Lo que el Presidente considera una
frivolidad tiene un valor muy importante en los países que poseen
otros conceptos y otra seriedad en el protocolo. Y lo peor es que este
tipo de barbaridades se ha cometido prácticamente con todos los
países, desde Estados Unidos para abajo..."

El embajador Quintana recibió a LA NACION en su departamento de
Palermo, modesto y elegante. En mesas, paredes y vitrinas hay recuerdos
de sus misiones diplomáticas por todo el mundo y regalos de reyes y
presidentes: cajas de plata con escudos reales,
"No hay nada peor que ser male-ducado y no guardar las formas", dice el
embajador Enrique Quintana, que, como director nacional de Ceremonial,
estuvo a cargo de los detalles de las asunciones de los presidentes
Alfonsín, Menem y De la Rúa. Quintana ocupó dieciséis puestos
diplomáticos en sus cincuenta años de brillante carrera.
dagas de Arabia y puñales de Indonesia. En una pared luce un icono
ruso, negro y dorado. En otra, hay fotografías en las que se lo ve con
el rey de España, conversando en un avión con el presidente
Alfonsín, con Juan Pablo II y presentando credenciales en Moscú y en
Suiza.
A los 89 años, lúcido y sin bastón, formal pero afectuoso, Enrique
Quintana, cuyo padre y hermano también fueron embajadores, como él,
es descendiente del presidente argentino Manuel Quintana. Es el máximo
conocedor de protocolo del país. Habla varios idiomas a la
perfección, y durante años tuvo a su cargo la cátedra de
Introducción a la Diplomacia y Práctica Diplomática en el
Instituto del Servicio Exterior de la Nación.
Nació en Washington, cuando su padre, Federico Quintana, era embajador
con residencia en esa ciudad. Hizo la primaria en Suiza, la secundaria
en Alemania, y realizó su formación profesional en la Universidad
Católica de Chile y en la Academia Naval del mismo país. Fue
embajador en Austria, Indonesia, Líbano, Rusia, Costa de Marfil, Suiza
(dos veces) y Marruecos. Cuando estuvo en el Líbano, fue embajador
concurrente en Kuwait, Jordania y Arabia Saudita. Además, ocupó
puestos en embajadas, consulados y organismos internacionales en La Paz,
Londres, Liverpool, Bogotá, Roma, Ottawa, Oslo, Bruselas y Luxemburgo.
-¿Qué importancia tienen las formas en la diplomacia?
-El protocolo es una ciencia política muy importante. No obstante la
democratización y modernización de las maneras y de los países, el
protocolo sigue siendo esencial, porque su fin es favorecer las
negociaciones entre los países con el uso de buenos modales,
simpatía y seriedad formal. Está muy lejos de ser algo frívolo. Es
más: si un gobierno ignora el protocolo, se genera una atmósfera de
antipatía muy perniciosa para los intereses de una nación. Es lo
mismo que ocurre con la relación entre las personas: si alguien es
maleducado, prepotente, sin gentileza, es difícil que pueda hacer
buenos amigos. Un país necesita de países amigos, es decir, de
aliados, para prosperar. Este es el secreto del progreso de países
como Chile, que nosotros tanto menospreciábamos, y de Indonesia,
país que debe su impresionante avance a su gran capacidad para
negociar con otras naciones.
-¿Cuál es su opinión sobre la ausencia del presidente Kirchner en
la cena que la reina de Holanda hizo en su honor?
-Mire: es la primera vez que voy a manifestarme públicamente al
respecto. No soy amigo de la crítica y siempre he sido cultor de un
perfil bajo. No forma parte de mi manera de ser el atacar a nadie. Pero
ante tantas cosas que acontecen y siendo, como soy, uno de los
diplomáticos argentinos que han tenido una carrera más larga y que
ha acompañado a distintos presidentes por todo el mundo, tengo la
obligación de decirle que lo que hizo nuestro presidente es la
máxima grosería que puede cometerse con la autoridad de otro país.
¿Usted se da cuenta? Nuestro presidente, que representa a todos los
argentinos, dejó de ir nada menos que a la comida que la reina de
Holanda hizo en su honor como retribución y despedida. ¿Y todo por
qué? Porque no se le dio la gana de ir. Pero ¡él no puede hacer
algo así! Y ya ve usted que la prensa de Holanda y la misma reina de
ese país consideraron el desaire un insulto, que es exactamente lo que
fue. Ese país fue insultado por la Argentina, y es algo que estamos
haciendo continuamente. Otro ejemplo es lo que le hicimos al presidente
Bush durante la conferencia en Mar del Plata, que también es
inadmisible. Yo creo que Bush no se tomó el avión y se fue porque es
mejor educado que nuestro presidente. Con el presidente de Francia,
Jacques Chirac, hicimos lo mismo...
-¿A qué atribuye esta conducta del presidente de la Nación?
-Yo imagino que tendrá un propósito político. El sabe que ese tipo
de actitudes groseras es bien recibido por cierto sector de la Argentina
que, al verlo obrar como un compadrito, debe pensar: "¡Qué
presidente macho que tenemos!", cuando en realidad es algo lamentable y
que le hace un enorme daño al país. Yo siento la obligación de
decir esto en defensa de la carrera diplomática, del país y de mis
colegas, que están siendo humillados como nunca lo habían sido
antes.
-¿Por qué dice que sus colegas son humillados?
-Porque los cargos diplomáticos más importantes no los ocupan
diplomáticos de carrera. Hay algunos diplomáticos que son
brillantes; otros que son menos brillantes y otros con inteligencia
normal, pero no tenemos ningún diplomático malo como para que
prácticamente ninguno sea convocado a cumplir con su deber. Hoy esos
cargos son todos puestos políticos, y es una triste realidad para el
país. Fíjese que el director nacional de Ceremonial es hoy una
persona demasiado joven como para aconsejar al Presidente. Y ésta es
otra cosa gravísima para la diplomacia argentina: que el Presidente se
rodee de gente obsecuente que le da la razón en todo y jamás lo
cuestiona. No hay un tonto peor que el testarudo que no quiere
aprender...
-¿Tienen buena formación los diplomáticos argentinos de carrera?
-Excelente. Nosotros tenemos el Instituto del Servicio Exterior de la
Nación, que es una alhaja. Todos nuestros diplomáticos surgen de
ahí. Pero hoy el Presidente nombra a quienes están favorecidos por
sus cuñas políticas. Los embajadores políticos están llenando
todas las embajadas, y le puedo asegurar que la mayoría no tiene
formación. Ni siquiera hablan dos idiomas, que es una de las
condiciones mínimas indispensables para que un embajador represente a
nuestro país en el exterior. Nuestros diplomáticos de carrera, en
cambio, hablan obligadamente dos idiomas, y muchos dominan hasta cuatro
idiomas, como quien le habla, lo que facilita muchísimo la labor
diplomática.
-"Ser diplomático" tiene a veces la connotación negativa de que no
se es frontal o directo en el trato. ¿Cuál es su opinión?
-La amabilidad es un código de buenas maneras. Nosotros no somos
hipócritas. Se necesita cultura, inteligencia y afecto para entenderse
con el prójimo de un modo conveniente. Las buenas formas en el trato
son un don, pero también son armas que el diplomático sabe utilizar
en provecho de su país. Es como cuando se enamora a una mujer. Se
utiliza la seducción para la conquista del otro, y la seducción es
parte de la inteligencia humana. Se seduce a las personas igual que a
los países. Pero con antipatía no se logra nada. Le voy a dar un
dato clave: cuando fui embajador en Rusia, que entonces era la Unión
Soviética, sus diplomáticos y gobernantes, que eran ciento por
ciento comunistas, guardaban las formas de los zares. Se comportaban
como zares. Con otra filosofía, por supuesto, pero eran unos perfectos
zares. Nadie comía con desarreglo. No se permitían las palmadas ni
los abrazos. Los embajadores se ponían uniforme en todas las
recepciones importantes. ¿Y por qué era así? Porque esos hombres
conocían la importancia de la educación y la simpatía en el trato
con las otras naciones. Jamás consideraron el protocolo una
frivolidad. Nunca pensaron que ser comunista era incompatible con ser
bien educado.
-¿Cuál es la situación de las embajadas argentinas en el mundo?
-Muchísimas embajadas han sido cerradas, como si el país fuera a
ahorrar dinero con eso. Es algo inconcebible. Si se cortan las buenas
relaciones con los países, se pierden oportunidades de generar buenos
negocios. Además, piense usted que el deber de una embajada, entre
muchos otros deberes, es cuidar la imagen del propio país en el
exterior. No se extrañe, entonces, de que hoy tengamos una muy mala
imagen, que día a día empeora aceleradamente. Nos falta presencia en
el mundo y representantes idóneos. Insisto: un gobierno serio no puede
prescindir de sus embajadores, porque los embajadores son los que
defienden los intereses del propio país en el exterior.
-¿Ha estado usted en alguna situación, como embajador, en la que se
vio obligado a ser violento o grosero para ser eficaz?
-No. En cincuenta años de profesión, no he tenido que ser grosero
jamás.
-¿Cuál fue el presidente argentino más diplomático que usted
haya conocido?
-Arturo Frondizi, que me llamó en su momento para que fuera director
nacional de Ceremonial de su gobierno. El fue el único estadista
argentino que yo haya conocido, y el más talentoso. A pesar de que era
introvertido y de una comunicación difícil, entablaba una excelente
relación con sus colaboradores. Una vez lo llamé para consultarle
algo y me dijo: "Embajador, yo no lo he nombrado para que me consulte,
sino para que me diga". El quería que yo tomara decisiones, que fuera
libre en mis pensamientos y que lo aconsejara, porque me había ganado
su confianza. Así obra un estadista con los que lo rodean. También
debo decir que Alfonsín es un hombre inteligente y amable, de maneras
señoriales, y afectuoso, además de muy buen político. Estuve dos
veces con él, a pesar de que no soy radical ni de ningún otro
partido, porque así me lo exige mi profesión, lo que no significa
que no tenga mis preferencias. Pero, como le decía, a Alfonsín nunca
lo vi fastidiado ni soberbio. Y lo mismo puedo decir de Menem, al que le
renuncié. El también tenía muy buenas maneras.
-¿Puede suceder que las buenas maneras tengan un trasfondo de cinismo
y que una suavidad exterior oculte una aspereza interior o una mala
intención?
-Claro que es posible, pero la amabilidad es siempre algo bueno. El
protocolo, como dije al principio, es una ciencia política
importantísima, que no puede despreciarse desde ningún aspecto. Y le
diré más: quien desprecia el protocolo no sólo lo hace por mala
educación, sino por algo más grave: el resentimiento y la envidia.
Cuando el Presidente desaira a la reina, lo hace para conformar a
quienes están enredados en el odio hacia lo que es mejor que lo
nuestro. Estamos siendo envidiosos por nuestra propia incapacidad. Nos
sentimos incómodos con nosotros mismos.
-¿Encuentra alguna relación entre las malas maneras de algunos
gobernantes y la embriaguez de poder?
-Mire: nadie puede estar tan embriagado de poder o de alcohol que no
sepa lo que hace. En todo caso, el ebrio se escuda en su estado para
hacer y decir lo que le plazca. Mi padre me dijo una vez: "Tené mucho
cuidado, porque cuando un ebrio o un tonto te insulta, sabe muy bien que
te está insultando, así que lo tenés que tratar igual que si
estuviera sobrio".

Por Sebastián Dozo Moreno
Para LA NACION
Link corto: http://www.lanacion.com.ar/801602
 
Noticias

.



Relevant Pages