Favelópolis brasileiras. Quantas favelas resistem uma democracia?
- From: Lulalá <grandelula@xxxxxxxxxxxxxx>
- Date: Fri, 27 Jul 2007 07:39:03 -0700
Brasil: ¿cuántas favelas resiste una democracia?
En pocas ciudades como San Pablo coexisten tantas contradicciones
difíciles de conjugar en sociedades que buscan crecer.
Timothy Garton Ash HISTORIADOR, UNIVERSIDAD DE OXFORD
Suelen empezar a trabajar en las bandas de la droga a los 13 o 14
años. Los mayores tienen unos 21. ¿Y qué ocurre después? La mayoría
muere en tiroteos con otros criminales y la policía, o asesinados en
las cárceles infernales de la ciudad.
Me encuentro en uno de los intrincados callejones de barro de la
favela Real Parque, en San Pablo.
Alrededor, a sólo unos cuantos centenares de metros, puedo ver los
edificios de pisos de uno de los barrios residenciales más ricos de la
ciudad, con sus fachadas elegantemente pintadas y rodeados de altos
muros y verjas eléctricas. Los chicos ricos del colegio privado que
está enfrente van a la favela para obtener su dosis de marihuana o
crack. "Vienen como si fueran al McDonald's", me dice mi guía, un
licenciado universitario que ha decidido vivir y trabajar en la
comunidad.
¿Cómo reaccionan las madres cuando sus hijos se unen a las bandas?
"Van a rezar". Al salir de un estrecho callejón, nos encontramos con
una de las iglesias neopentecostales que son tan populares entre los
pobres de Brasil; en realidad, es poco más que un bloque de cemento
con un letrero pintado a mano.
Delante de la iglesia hay un grupo de adolescentes. Son los
traficantes. Estos jóvenes prefieren una vida corta y emocionante en
una banda que la perspectiva de años de tedio trabajando en jardines,
lavando coches y paseando a los perros de los ricos que los rodean. El
novato que se limita a estar de guardia ya gana más que un maestro.
De los más de 19 millones de personas que viven en la vasta extensión
metropolitana de San Pablo, se calcula que 2,5 millones viven en las
favelas. La de Real Parque es una de las mejores. Para ver cosas
peores hay que recorrer por lo menos una hora de coche, hasta algún
sitio como Sao Bernardo, el municipio en el que el presidente Lula
creció en la más absoluta pobreza y se dio a conocer como dirigente
sindical del sector del automóvil.
Aquí, las casillas se extienden por todas partes. Para sus habitantes,
lo que yo he hecho en una hora de coche supone cuatro horas en autobús
y a pie para ir a trabajar (si tienen suerte) como servicio doméstico
en uno de los barrios acomodados.
Brasil es, junto a India y Estados Unidos, una de las democracias más
grandes del mundo. Es una auténtica democracia desde hace menos de 20
años, y ya ha superado la prueba del traspaso pacífico de poder entre
partidos y presidentes rivales. Esta joven democracia ha sobrevivido a
crisis económicas, un sistema federal de una complejidad chirriante y
repetidos escándalos de corrupción. Cuenta con una prensa libre,
vibrante y combativa. El ejército, que antes controlaba el país, ahora
permanece en segundo plano. Es un experimento esperanzador. Pero la
pregunta que queda pendiente es cuánto tiempo es posible sostener una
democracia liberal con tales grados de desigualdad, pobreza, exclusión
social, crimen, drogas y anarquía.
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